Espiritualidad

San Juan Pablo II nos habla de la necesidad de emigrar de la devoción a la espiritualidad mariana, inspirado en lo que su coterráneo San Maximiliano Kolbe, el mártir polaco que dio su vida por un padre de familia, dio como aporte a la Santa Iglesia.

Incontables son los Rosarios, Coronillas y oraciones dirigidas a la Santísima Virgen María, la Inmaculada. Es como cuando llegamos y salimos de casa, saludamos incontables veces y ni siquiera tomamos conciencia de lo que hacemos.

Kolbe nos enseña en la infinidad de escritos suyos, de puño y letra que “Nosotros le pertenecemos de verdad a Ella. Por eso estamos con Ella siempre y en todas partes. Pero ¿qué debemos pensar de nosotros mismos? ¡Desaparezcamos en Ella! Que quede Ella sola, pero nosotros en Ella, una parte de Ella” SK 461.

Y, ¿luego? “sembrar esta verdad en los corazones de todos los hombres que viven y los que vivirán hasta el fin de los tiempos, y preocuparse por su crecimiento y los frutos de su santificación. Introducir a la Inmaculada en los corazones de los hombres, para que Ella levante en ellos el trono de su Hijo, los conduzca a que lo conozcan y los inflame de amor hacia su Sacratísimo Corazón.

La Inmaculada en Lourdes, en su aparición, no dice: “Yo fui concebida inmaculadamente”, sino “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Con éstas palabras Ella determina no sólo el hecho de la Inmaculada Concepción, sino también el modo en que este privilegio le pertenece.

Por lo tanto, no es algo accidental, sino que forma parte de su misma naturaleza. Ella es, pues, la Concepción Inmaculada. Por consiguiente, Ella es tal también en nosotros y nos transforma en sí misma como inmaculados… Ella es Madre de Dios; y también en nosotros es Madre de Dios… y nos hace dioses y madres de Dios que generan a Jesucristo en las almas de los hombres… ¡Qué cosa tan sublime!…

Cuando lleguemos a ser Ella, también toda nuestra vida religiosa y sus fuentes serán de Ella y Ella misma: de Ella será nuestra obediencia sobrenatural, ya que es su voluntad; la castidad, su virginidad; la pobreza, su desapego de los bienes de la tierra. Nuestra alma le pertenece a Ella y por eso guía la inteligencia, a fin de que en la obediencia religiosa vea su voluntad y no escatime diligencia alguna en la búsqueda de la verdad; Ella guía también la voluntad para que no ame nada fuera de su voluntad, reconociendo en ella la voluntad de Jesucristo, de su Sacratísimo Corazón, la voluntad de Dios. A Ella le pertenece también nuestro cuerpo, para que Ella se exponga gustosamente a los sufrimientos y soporte espontáneamente las penalidades. A Ella le pertenece también todo lo que poseemos; de ahí una pobreza perfecta y un uso de las cosas sólo cuando son indispensables y suficientes para lograr el fin.

La Inmaculada quiere mostrar en nosotros y por medio de nosotros la plenitud de su misericordia: no interpongamos obstáculos, dejésmosla actuar”

San Maximiliano Kolbe, SK 486.conception

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