Preparación para recibir la Indulgencia de la Porciúncula-

«La Voluntad de Dios, es que todos los que, con corazón contrito y humillado y habiéndose confesado y recibido absolución de un sacerdote, entraren a la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de la diócesis de Asís, desde las primeras vísperas del Primero de Agosto, hasta las vísperas del día siguiente, obtengan COMPLETA REMISIÓN DE LA PENA MERECIDA POR SUS PECADOS COMETIDOS DESDE EL BAUTISMO HASTA ESE MOMENTO» San Francisco de Asís

Parte I: Selección tomada de “Historia de San Francisco de Asís”, escrita por J. M.S. Dauringnac, año 1878.

Nota: Esta publicación tiene como propósito formar progresivamente a las personas en el conocimiento de la Indulgencia de la Porciúncula y su origen sobrenatural, que es menester propagar a todas las gentes procurando la salud de sus almas. No existe otra indulgencia semejante a esta, y aunque es un tesoro que Nuestro Señor quiso conceder a la Orden Seráfica de los Menores por intercesión de la Bienaventurada Virgen María, es un bien que ha de extenderse a todos los fieles que deseen enmendar de vida.

Capítulo VI: Los Rosales de San Francisco-Indulgencia de la Porciúncula.

Una noche del mes de enero de 1223, San Francisco de Asís se encontraba en oración, en su celda, procurando en averiguar si era imprudencia prolongar hasta tan tarde sus veladas y exponer de esa manera su salud tan delicada. Al instante el santo reconoce las argucias del tentador infernal, y trae a la memoria el medio empleado por san Benito para vencerse y obligarlo a retirarse. Sale al punto de la celda, se dirige a lo más espeso del bosque, se saca el hábito, desgarra sus carnes entre los abrojos y espinas, ve correr sangre por las abiertas y punzantes llagas y exclama:

-“Vale mil veces más sufrir estos dolores con Jesucristo, que seguir los consejos del enemigo que me lisonjea”.

En ese instante, una luz radiante inunda el bosque y Francisco se detiene asombrado y fuera de sí…¡Los abrojos se habían convertido en rosas lacres y las espinas en blancas! Mientras nuestro santo admiraba este prodigio, muchos ángeles, radiantes de gloria y de una virtud deslumbradora, lo rodearon y uno de ellos le dirige las mismas palabras que le fueron comunicadas del cielo dos años antes:

-“Francisco anda a la Iglesia, Jesucristo te espera en ella con su Santísima Madre.”

Al mismo instante, se siente revestir, milagrosamente, con un hábito blanco, y siguiendo la inspiración que lo arrastra, coge doce rosas blancas y otras tantas lacre y las lleva a la Iglesia. Al entrar, se prosternó y dijo en voz alta:

-“Padre nuestro, santísimo Señor de los cielos y tierra, salvador del género humano, dignaos, por vuestra gran misericordia, fijar el día de la Indulgencia que vuestra infinita bondad ha querido conceder a este santo lugar! (Refriéndose a la Iglesia de Nuestra Señora de los ángeles, conocida también como la Porciúncula)

Quiero, le respondió el Salvador, que sea desde la tarde del día que se conmemora la libertad del apóstol San Pedro de sus cadenas, hasta la tarde del día siguiente.

Santísimo Señor, añadió Francisco ¿De qué manera debe ser publicada esta Indulgencia? ¡Puede ser que no se preste fe a mi palabra…!

-Anda en busca de mi vicario en la tierra, le dijo Nuestro Señor; hazle conocer mi Voluntad, preséntale como prueba algunas de estas rosas y hazte acompañar de algunos de tus hermanos que atestigüen el hecho, porque desde sus celdas lo han oído todo.

Habiendo cesado de hablar Jesucristo, los ángeles cantaron el himno del Te Deum, y la visión desapareció.

Francisco tomó tres tosas de cada color, en honor a las tres divinas Personas, y escogió con el mismo fin tres religiosos para dirigirse a Roma: Estos fueron Bernardo de Quintavalle, Pedro de Carania y Ángel de Rieti. Al día siguiente, Francisco se puso en marcha con sus compañeros.

Legando a Roma, se presentó al Soberano Pontífice, le dio cuenta de las maravillas acaecidas en Nuestra Señora de los Ángeles, las que declararon haber visto y oído sus tres compañeros, y le presentó, en seguida, las tres rosas milagrosas, conservadas con toda frescura, lozanía y perfume, a pesar de la distancia del camino.

-Creo lo que me dices, hermano Francisco, dijo el Papa; rosas tan bellas en esta estación y en un invierno tan riguroso no pueden ser naturales, y su frescura y perfume, después de tan larga jornada, no son menos extraordinarias; pero éste es un asunto grave, sobre el cual debo consultar a los cardenales.

Al día siguiente, Honorio III reunió a su consejo e hizo llamar a él al santo Patriarca y a sus tres compañeros:

-Hablad, dijo a Francisco; exponed vuestra solicitud.

-La Voluntad de Dios, dijo nuestro Santo, es que todos los que, con corazón contrito y humillado y habiéndose confesado y recibido absolución de un sacerdote, entraren a la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de la diócesis de Asís, desde las primeras vísperas del Primero de Agosto, hasta las vísperas del día siguiente, obtengan COMPLETA REMISIÓN DE LA PENA MERECIDA POR SUS PECADOS COMETIDOS DESDE EL BAUTISMO HASTA ESE MOMENTO.

Todos los cardenales se sintieron fuertemente impresionados por la sinceridad de Francisco; y convencidos de la verdad de la revelación que había recibido, después de un acuerdo privado, al cual no asistió Francisco, fue confirmada la Indulgencia por el Papa y se designó a los obispos de Asís, Perusa, Todi, Espoleto, Toleño, Nocera y Gubbio para publicarla solemnemente el 1° de Agosto de 1223.
(…)


El 2 de Agosto de 1223, todos los prelados designados por el Soberano Pontífice se encontraban reunidos en Santa María de los Ángeles. Al lado de afuera de la Iglesia se había erigido una tribuna, lujosamente adornada, para recibirlos; tomaron allí sus respectivos asientos e hicieron subir a Francisco en medio de ellos y lo comprometieron a hablar a la multitud que había acudido de todas partes. Lo hizo con tanta unción como humildad, y terminó con estas palabras que tenía escritas en un papelito:

-“¡Quiero que todos os vayáis al cielo! Os anuncio una Indulgencia plenaria, y a perpetuidad, que he obtenido de la bondad del Padre Celestial y que ha sido confirmada por el Soberano Pontífice. Todos los que habéis venido hoy, con el corazón contrito, que os habéis confesado y habéis sido absueltos por un sacerdote, obtendréis entera remisión de los pecados cometidos desde el bautismo hasta el presente; y lo mismo sucederá todos los años en este día y con las mismas condiciones expuestas. Deseaba que esto durase ocho días; pero no he podido obtenerlo.”

Los obispos se encontraban muy distantes de asegurar a la Indulgencia el carácter de perpetuidad con que Francisco le había publicado; ellos se decidieron a rectificar a nuestro Santo sobre este punto:
-El Papa,-dijo uno de ellos a nuestro Santo-, nos ha ordenado hacer lo que indiques; pero su intención no puede ser que traspasemos los límites de la conveniencia.

-Es necesario, dijo el obispo de Asís, anunciar esta Indulgencia por diez años: es suficiente.

Y hablando primero, como obispo de la diócesis, proclama la gracia concedida; quiere limitarla, se equivoca, y dice: A PERPETUIDAD. El prelado que le sucede, quiere reparar el equívoco, pone cuidado y anuncia la Indulgencia A PERPETUIDAD. Un tercero no es más feliz; y los siete, sucesivamente, sin quererlo, pronuncian las mismas palabras: A PERPETUIDAD.

Esta maravillosa equivocación, les obligó a decir:

-“Dios acaba de manifestar claramente su Voluntad! ¡Esta Indulgencia no debe ser limitada, no podemos ya dudarlo!

Francisco lo sabía de antemano y no había hablado sino por inspiración del Espíritu Santo.

Desde ese día, todos los años, el 2 de Agosto, las poblaciones en masa se trasladan a la Porciúncula para lucrar la Indulgencia concedida por el mismo Jesucristo, aunque los Soberanos Pontífices hayan hecho extensivo, a todas las Iglesias de la Orden Seráfica, el privilegio concedido al principio a la de Nuestra Señora de los Ángeles únicamente.

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