Consagración personal a Nuestra Señora de Fátima

Nuestra Señora del Santo Rosario prometió
“Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”

Inmaculada Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Al entregarme en este día a ti hoy y para siempre, todo mi ser, sin reservas, sin límites. Mi corazón te reconoce como Reina del cielo y de la tierra, sea esta consagración tu corona a tu Fiat, y viva siempre yo en este mismo “Hágase en mí, según Tu Palabra”.

Oh Virgen María sales de la casa paterna y te vas a vivir al templo dando ejemplo de triunfo total en el sacrificio desde tu tierna edad. Hoy Madre nuestra Celestial, me das una gran lección: cómo triunfar en el sacrificio. Toda tu vida, oh María, fue un sacrificarte a ti misma, para vivir sólo de voluntad de Dios; con cada latido de mi corazón, confiándote todo mi propio sacrificio y miseria, contigo proclamo el Señorío de Dios en mi vida “Se alegra mi espíritu en Dios, Mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su Esclava”. Dios me mira por medio de Ti, y yo me pongo en tus brazos maternos para que me purifiques y prepares al Encuentro con Dios, para quien “nada es imposible”.

¿Cuál más fuerte y doloroso de todos los sacrificios? En el cielo lo sabremos, porque tu dolor se transformaba en bienaventuranza, tu único deseo fue siempre agradar a Dios, a costa de tu propia vida, por eso me uno a todas las generaciones en la historia de la humanidad que te saluda “Bienaventurada Tú que has creído, porque el Poderoso ha hecho Obras grandes por Ti”, sea por tanto esta Consagración mi Fiat a ti para que renueves la Fe que se me ha sido dada en el bautismo que reconoce al Santo de los santos, cuya Misericordia llega hasta mí por todo cuanto Tú has hecho, oh Corredentora.

Cuando tenías apenas tres años cumplidos, viviste uno de los más duros dolores y sacrificios de tu vida: separarte de tus padres santos Joaquín y Ana. Viviste en carne propia la cruda realidad de hoy, tanto ellos, como Tú oh niña María, se sentían morir por la amargura de la separación, pero a pesar del sufrimiento, estaban dispuestos a realizar la voluntad de Dios: sé Tú mi Refugio que me lleve a Dios. Enséñame a vivir ese gozo de consagrarme sólo para Dios y de vivir en Él como templo vivo, sanando mi dolor, restaurando mi alma de la gangrena del pecado.

Sé Tú mi Madre y Maestra, renuevo mi Fiat como uno de tus apóstoles de reparación y alabanza al Santo y Admirable Nombre de Dios, sea cada respiro un infinito “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman”.

En este instante me uno a la plena e interminable Comunión de la Santísima Eucaristía que viven los pastorcillos en Fátima, recibo desde hoy y para siempre espiritualmente el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos, es mi querer Reparar por tantos crímenes y consolar a nuestro Dios. Y que en los infortunios de la vida escuche siempre tus palabras a Lucía “No te desanimes. Yo nunca te dejaré”.

Sirva mi propia consagración para responder a tus intenciones, que por mis propios sacrificios y sufrimientos ya no vayan más almas al infierno, que pueda vivir toda mi existencia siempre contigo y por medio de Ti, orando y reparando sin cesar, para que se cumpla lo que el Señor quiere: el triunfo de tu Inmaculado Corazón. Amén.

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