La Iglesia de Jesucristo luego de la pandemia (1/3)


Aún no habrá un después para quienes se llaman discípulos de Jesús de Nazaret si dejan a los demás que asuman lo que cada Cristiano debe responsabilizarse. Y es que Dios escribe “recto en líneas torcidas” en las líneas torcidas y perversas de quienes idearon un escenario donde eliminar seres humanos, donde más que la cultura del descarte de la que habla Francisco, obispo de Roma, es inducir a toda la humanidad a un descarte del pasado.

Pues ha sido impresionante que con los avatares que ha vivido la humanidad, aún no haya aprendido cómo paliar una pandemia olvidando los remedios de la abuela, las recetas más caseras, y finalmente darse cuenta que se ha dejado nuestro compromiso buscando que otro responda, que otro rece, que otro repare, que otro ayude al vecino que no puede ir a hacer el mercado, que una vacuna nos salve a todos.

Cuando el hombre no quiere elevar su mirada a lo alto, ya no hay nada que inspire, sencillamente busca lo que lo aliena: las nuevas adicciones al placer, los que antes no bebían ahora lo hacen, los que habían probado las drogas en secreto no tienen ningún escrúpulo en consumirlas delante de su propia familia, y los que ya no pueden escaparse a escondidillas se les cae el telón en la amargura y frustración que evidencian.

En el susurro del silencio, se inmortaliza cada segundo en un eterno juicio de cada acción que has realizado u omitido. Entonces comienzan los golpes de pecho más acerbos y los “si hubiera”. Y a medida que pasa la cuarentena, por más películas -religiosas o no- que veas, incluso por más que reces, experimentas qué hay algo inconcluso. ¿Qué será aquello que la conciencia clama, gime y grita? Para mí, solamente una cosa: restablecerle a Dios su Trono: nuestro corazón.

Recientemente la Iglesia en los Estados Unidos y Canadá re-consagraron a la Santísima Virgen ambas naciones, y se espera que otras más se sumen. Lo ideal es que esta iniciativa conduzca a la “Consagración personal”, aunque pues somos un Cuerpo, no una masa. Nadie piensa por cada miembro del Cuerpo, cada miembro tiene su propia dignidad y libertad. Pero la misma Gracia nos ilumine que esta dignidad es de altísimo valor que el ejercicio de nuestra libertad será conducente a elegir el mayor bien: el cielo, donde realmente cobra sentido la existencia, que no son mas que los verdes pastos donde Jesús nos apacienta. ¿Pero cuáles serán esos verdes pastos luego del Coronavirus?

Muchos reclaman que Dios no interviene, que el Divino Pastor no toma el control, pero ¿cómo si se lo hemos quitado? Si le hemos dijo: ¡fuera! ¡Me interesa más el dinero, vivir cómoda y placenteramente! Ahhh… el sonido de la champaña que se abre, de la buena comida que ya con solo el olor me satisface el gusto, la suavidad de la sábana en la falsa quietud donde buscan que nos aislemos del Otro. Se nota que el escenario ha sido desde hace muchos años pensando, pero lo más cumbre es que los protagonistas no tienen conciencia para darse cuenta del libreto que se ha impuesto.

Retomando el lo plasmado antes: salvar la memoria con simples preguntas que nos conecten con nuestras raíces ¿Cuál fue la respuesta de la Iglesia hace un siglo atrás con la gripe española? Todavía deben quedar supervivientes, mejor sin hijos y nietos testigos de las hazañas contadas por los más sabios de la casa: los abuelos. Una sociedad se puede medir en humanidad sólo por cómo trata a sus niños y a sus ancianos. En algunas denominaciones cristianas hay redes de solidaridad que invitan a quitarse el sombrero por lo magníficamente articuladas en sus miembros más jóvenes para no dejarlos apagar en medio de la crítica situación que se atraviesa. Los abuelos saben las recetas pero no tienen a veces las suficientes fuerzas para hacerlas. Los abuelos cuentan mejores historias que los guiones cinematográficos, responsabilicémonos con el cuarto mandamiento. Aquí está la columna vertebral de un ser humano. Una persona sin padre y sin Madre, es como un cuerpo sin brazos. Si te los negaron, reclámalos de la manera más humana no vengativa. Pues si no te los dieron es porque no los tenían. Sin embargo, si leemos a los Papas, ellos invitan a contemplar a Dios que es “Padre Rico en Misericordia” y más aún “Madre”.


Es preciso traer a la memoria el mensaje del Angelus del 10 de septiembre de 1978, cuando Albino Luciani, Juan Pablo I decía:

Me ha causado muy buena impresión el hecho de que los tres Presidentes hayan querido manifestar públicamente su esperanza en el Señor a través de la oración. Los hermanos en religión del Presidente Sadat suelen decir: «en una noche negra, hay una piedra negra y sobre la piedra, una hormiga insignificante; pero Dios la ve, no la olvida». El Presidente Carter, que es cristiano fervoroso, lee en el Evangelio: «Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará. Ni un cabello de vuestra cabeza caerá sin la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos» Y el Premier Begin recuerda que el pueblo hebreo pasó momentos difíciles y se dirigió al Señor lamentándose y diciendo: «Nos has abandonado, nos has olvidado». « No», respondió Dios por medio del profeta Isaías: «¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo? Pero si sucediera esto, jamás olvidará Dios a su pueblo».

Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos; somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame. Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad o fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor.

Balanceemos entre la fuente del amor que provee un anciano y la inspiración para amar que brota al contemplar a los hijos. Y ¿los hijos? Creo que todos, definitivamente, que aprendan a vivir como si fuera la ultima vez. Aprender a estar, más profundo aún: aprender a ser. Pero ¿quienes queremos ser? Comencemos por encaminarnos a descubrir y vivir nuestra preciosa dignidad de hijo de Dios.

José Ignacio Ramón

Director-Editor

Madre de la Iglesia@mariamadreiglesia

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