Ser como niños, ¿cómo es eso?

¿Qué significa «acoger el reino de Dios como un niño»? Comprendemos generalmente: «acoger el reino de Dios como un niño lo acoge». Ello corresponde a una palabra de Jesús en el evangelio de Mateo: «Si no cambiáis y no os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3) Un niño confía sin reflexionar, acepta el reto que Papá Dios le plantea sin pataletas ni cuestionamientos ni refunfuños. Un niño no puede vivir sin confiar en quienes le rodean. Su confianza no tiene nada de virtuoso, es una realidad vital. Para encontrar a Dios, de lo que mejor disponemos es de nuestro corazón de niño que es espontáneamente abierto, se atreve a pedir sencillamente y más que pedir: A DARSE A LOS DEMÁS, darlo todo sin esperar, un niño se sabe amado por Dios y de El solamente espera su afecto, y así con todo el resto de la humanidad comparte la Alegría que experimenta de tener un Padre que le ama.

Pero podemos comprender también: «acoger el reino de Dios al igual que acogemos a un niño». Porque el verbo «acoger» tiene en general el sentido concreto de «acoger a alguien», como lo podemos constatar en algunos versículos precedentes donde Jesús habla de «acoger a un niño» (Marcos 9,37). En ese caso, es la acogida a un niño que Jesús compara la acogida de la presencia de Dios. Hay una dinámica secreta entre el reino de Dios y un niño.

Acoger un niño, es acoger una promesa. Un niño crece y se desarrolla. Es así que el reino de Dios nunca será en la tierra una realidad concluida, sino una promesa, una dinámica y un crecimiento inacabado. Y los niños son imprevisibles. En el relato del Evangelio, vienen cuando vienen, y con toda evidencia no es el buen momento según los discípulos. Pero Jesús insiste en que hay que acogerles porque están ahí. Asimismo hemos de acoger la presencia de Dios cuando se presente, en el buen o en el mal momento. Hay que seguir el juego. Acoger el reino de Dios como se acoge un niño es velar y orar par acogerle cuando venga, siempre al improvisto, a tiempo o a destiempo, repito sin anteponer los propios sueños a los de Papá Dios. Si refunfuñas haces lo mismo que Lucifer: se sintió desplazado cuando Dios Padre le habló de encarnar a su Hijo ya engendrado. Y repites lo mismo que lucifer: «No obedeceré». Créeme que si sigues así, más infeliz serás. Solo Dios sabe la auténtica y plena felicidad que quiere brindarnos.

Jesús mostró una atención muy particular a los niños porque quiere, entre los suyos, una atención prioritaria hacia los más desheredados. Serán sus representantes en la tierra hasta el final de los tiempos. Lo que se les hará, es a él, a Cristo, a quien se hará (Mateo 25,40). Los «más pequeños de sus hermanos», los que cuentan poco y a los que se les trata como cualquier cosa porque no tienen poder ni prestigio, son el camino, el paso obligado, para vivir en comunión con él.

Si Jesús colocó a un niño en medio de sus discípulos reunidos es también para que ellos mismos acepten ser pequeños. Jesús se lo explica a través de la siguiente enseñanza: «Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa.» (Marcos 9,41). Yendo por el camino para anunciar el reino de Dios, los apóstoles serán también «entregados a mano de los hombres». Nunca sabrán previamente cómo serán acogidos. Pero incluso para quienes les acogerán con un simple vaso de agua fresca, aún sin tomarlos muy en serio, habrán sido portadores de una presencia de Dios.

Los niños nos permiten descubrir nuestra vocación a la vida, a la vivir absortos de la grandeza de Dios que se acerca.

Los niños expresan el amor en formas novedosas. Hace unos años, el día de mi cumpleaños, una preciosa niñita me regaló una tarjeta escrita por ella; en el sobre había metido un candadito de juguete que pensó que me gustaría recibir de regalo.

“Nada hay mas hermoso, entre todas las cosas bellas del mundo, que ver a un niño cuando da un regalo, por insignificante que sea. El niño pone el mundo a nuestros pies; abre el mundo ante nuestros ojos como si fuera un libro que nunca antes pudimos leer. Pero cuando da un regalo, es siempre algo absurdo … como un ángel con aspecto de payaso. En realidad, es muy poco lo que puede dar, porque sin darse cuenta, ya nos lo ha dado todo” (Margaret Lee Rubeck, Bits e Pieces, 20 de septiembre de 1990).

Santa Teresita nos puede explicar mucho mejor lo que significa ser un niño, hijo de Dios:

“Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina; ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin temor en los brazos de su Padre” (Ms. B, 1rº).

“Quiero buscar el medio de ir al cielo por un caminito muy derecho, muy corto, un caminito completamente nuevo. Estamos en el siglo de los inventos; ahora no hace falta subir los peldaños de la escalera; en las casas de los ricos el ascensor los reemplaza ventajosamente. Así que he buscado en los libros santos la indicación del ascensor y he leído estas palabras, pronunciadas por la eterna Sabiduría.: “Si alguno es pequeño, venga a mi”… Queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el pequeño que respondiera a tu llamada, he continuado mi búsqueda, y he aquí lo que he hallado: “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán”, ¡Ah! nunca palabras más tiernas, más melodiosas, han venido a alegrar mi alma, ¡El ascensor que ha de subirme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Para eso no necesito crecer; al contrario, es preciso que me quede pequeña, que lo sea cada vez mas” ( Ms.C,2 vº-3 vº).

“Ser niño pequeño es reconocer la propia, nada, esperar todo del Buen Dios como un niño pequeño lo espera todo de su padre, no inquietarse por nada, no amasar fortuna. Ser pequeño es además no atribuirse a uno mismo las virtudes practicadas, creyéndose capaz de cualquier cosa, sino reconocer que Dios pone ese tesoro en manos de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite; pero ese tesoro sigue siendo el de Dios” (C.A. 6-8-8).

Un niño mira y sonríe con confianza que le viene de sus padres. Nosotros como niños ponemos nuestra mirada en Él.

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