¿Para qué vale la vida humana?

Quedo admirado cada vez que contemplo la tez lozana de los bebés, y cándidamente brotan de sus pequeños labios la sonrisa y un sonido conocido como el que usa la marca mundial Gerber. Y por mi mente se cruza una mirada de agradecimiento al cielo porque es un sobreviviente de los 40 a 50 millones de bebés no nacidos sacrificados al año. Tanta sangre derramada que podríamos morir ahogados en océanos y océanos de plasma y culpa por no haber hecho más que lo necesario, sería hasta lo imposible por darle la misma oportunidad que tiene quien escribe ahora y usted también que me lee.

Permítanme que intente mostrar el valor que he tratado de darle a mi propia vida, así cada uno desde su perspectiva única podrá sacar sus propias conclusiones y compartirme en algún comentario su única experiencia de vida.

Sí recuerdo mi infancia, no escapa de mi mente cada atención de mi amada madre, cada sonrisa que anima, cada caricia que reconforta, cada bocado de amor, cada palabra estimulante de esperanza y cada abrazo que junta todas tus partes y con el pasar de los años sientes que esa integridad se la debes a ella. Pero tampoco quiero dejar a un lado a papá, su papel no está relegado a llevar la comida para la casa, su disciplina tiene alto valor y también esto forjó mi Columna vertebral como persona humana. A los papás les cuesta más su rol, pues hoy día hay escasos hombres que se ciñan la correa en el lugar pertinente.

Recuerdo mucho que en mi adolescencia encontré un libro llamado “Juventud en éxtasis” del cual pude aprender que en la vida no hay nada que te detenga, solamente te hacen cargado o penoso el camino tus propios errores, intentando ir por atajos queriendo ser vivo, yendo por prados por ser más cómodo, metiéndote en la tierra queriendo mostrar que se es más fuerte. Comprendí que la libertad es andar el camino a la velocidad que se puede, no a la que se quiere. Y la verdad es que se debe seguir el camino que se tiene enfrente. Que no puedes decidir la velocidad del otro, ni la comprensión de esta gran verdad: seguir adelante y hacia el frente. Curiosamente puedo ejemplificar mejor la libertad y la verdad con el acto de andar en carro sin saber aún manejar.

Un crucial momento de mi existencia ha sido la forzosa emigración de mi amada Venezuela. Intento comprender lo que ha significado esto para los cubanos, los sirios, los africanos, y hasta los mismos chinos que ya parecen volvernos los ojos chiquiticos como los de ellos. Incluso también los salvadoreños, proviniendo de un país tan pequeño y han llegado a poblar el mundo asemejando su éxodo al de la diáspora del pueblo de Israel. Ante cada uno de estos fenómenos alrededor del globo, se me hace complejo comprender por qué la vida de muchos pende de unos pocos, muy pocos. Y es insólito cómo la maldad de estos ha carcomido la vida de quienes han podido, y los demás que lograron salir son vilipendiados por una cruel y aberrante xenofobia. Escucho comentarios sobre el Presidente de los Estados Unidos de America que dicen “A él se le olvidó que su madre también llegó a Nueva York como emigrante con tan solo US$ 50”. Me produce inmenso pesar ver que aunque tenemos oportunidades para reflexionar sobre el valor de la vida del otro, no escatimamos en hacer el traspié para perjudicar al otro que llega como yo como si no hubiesen vivido esos mismos deprimentes episodios. Descubres que la manipulación no quedó en las películas de Hollywood, que el drama excede todos los capítulos juntos de las novelas protagonizadas por Thalía: María Mercedes, Marimar y María la del Barrio. Que la lucha por el billete verde oprime y provoca más sacrificio, más cansancio, más humillación anulando por completo la dignidad humana. Y aún hablando de esto, alguien te dice: y ¿qué es eso de La dignidad humana?

Este párrafo lo puedo resumir en pocas palabras: salir de casa buscando estar mejor y te tratan peor que al trapo de la cocina.

Ante esto, reitero que la conciencia de la libertad y de la verdad, es lo que nos falta para surgir de nuevo como civilización, volver a ser hombres y mujeres. Volver a renovar nuestra humanidad.

Hoy, cuando se cumplen los 50 años de la Carta Encíclica “Humanae Vitae” del próximo Santo, el Beato Papa Pablo VI sobre el valor de vida humana. Detente cada día a pensar en el valor que le das a tu vida y cómo le enseñas a los demás a darle ese incalculable valor que merecemos darnos unos a otros.

Este muy preciado documento es el legado de un hombre que aprendió a amar, valorar y defender la vida, resume en su numeral 31 lo que nos corresponde: «Es grande la obra de educación, de progreso y de amor a la cual os llamamos, fundamentándose en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro es, con sus hermanos en el episcopado, depositario e intérprete. Obra grande de verdad, estamos convencidos de ello, tanto para el mundo como para la Iglesia, ya que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor».

Probablemente sea vago este intento de cavilar un poco sobre cuánto vale mi vida, la tuya, la de cada persona que encontramos al paso del camino, espero que en las siguientes oportunidades sigamos haciéndolo mucho más y mejor aún.

Para quien quiera profundizar en este precioso documento, le dejamos el link para que puedan descargarlo y leerlo:

https://mariamadreiglesia.files.wordpress.com/2018/07/pvi_hv.pdf

José Ignacio Ramón

Director-Editor

María Madre de la Iglesia

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