La Verdad es la salud del alma

Dice el libro de Proverbios: “Quien no corrige a su hijo, no lo quiere, el que lo ama, lo corrige” (13-24)

La caridad obliga a mostrar al que yerra la necedad de sus actos, de lo contrario, nos convertimos en cómplices de la desventura de esa alma. Más vale advertir con palabras graves al que, conociendo su defecto, pareciera trabajar a favor de su vileza en lugar de aniquilarla, esperando que otros vengan a sacarle de la fosa fatal, sin ocuparse él de su propio mal.

Se engaña aquel que cree que esto es faltar a la caridad, muy por el contrario, decir la Verdad es una obra grandísima que constituye ésta virtud teologal, pues advertir a un alma el peligro que corre por la liviandad de su conducta, puede salvar su alma del infierno.

Graves fueron las palabras del Glorioso San Juan Bautista, cuando reprendió al rey por tomar a la mujer de su hermano como propia. Sin duda, el pecado del monarca requería que la sanción del Bautista fuera severa, ante la contumacia del error, la verdad era el único antídoto para despertar del letargo al rey, cuya conciencia se encontraba obnubilada por el veneno del pecado mortal.

En casos semejantes, suele ocurrir que, intentando hacer un bien el que corrige, el interpelado termina repudiando al que le amonesta. Recordemos que San Juan derramó su sangre por defender esa Verdad que a los pecadores irritaba, los cuales terminaron mostrando su odio contra el Profeta, matándolo para continuar en su necedad. Posiblemente en este siglo donde el sentido de pecado es nulo o relativizado, llamar cada cosa por su nombre escandaliza a los impenitentes, pero decir la Verdad al que profesa la fe, no debiera incomodarle, más bien, tendría que alegrarse por tener a quien le ayude a ver el mal que padece. Sin embargo, predicar la Verdad conlleva, en ambos casos, abrazar un espíritu martirial que exige pregonar la Buena Nueva contracorriente, y aunque no fuese nuestro destino sufrir en el cadalso, tengamos por seguro que ganaremos muchos detractores por combatir los males morales, espirituales y doctrinales, aun dentro de la Iglesia, que es hospital de enfermos en este valle de lágrimas, y no mausoleo de santos canonizados en vida.

Esta guía puede ser útil tanto para el que, con recta intención, quiere corregir al prójimo, a fin de que éste alcance vida de virtud y santidad, o bien, para aplicarla así mismo como medio de escrutinio a su propio camino de conversión. Pospongo aquí cinco rasgos que caracterizan a ciertas almas en búsqueda de Dios, y que, por hallarse gobernadas por su defecto dominante, no logran avanzar en virtudes. Veamos, pues, el modo en que actúan ante las correcciones los que yerran, convirtiéndose esta actitud en su mayor obstáculo:

1°Los orgullosos. Usualmente piden consejo y asistencia espiritual, pero con conciencia desaparejada de rectitud de intención, creen no necesitar ayuda en estos asuntos en los que se consideran diestros. En su interior, ya ha echado raíces el nocivo afecto al pecado, lo que producirá frutos amargos de una conversión falsa, dado que no han sido abonados por un sincero propósito de enmienda en cuanto a su defecto dominante. Los orgullosos se escandalizan rápidamente ante la corrección, esto se debe a que tienen una concepción de sí mismos distorsionada y condescendiente, les cuesta trabajo ver la gravedad de su conducta, y cuando son sorprendidos en sus faltas, en lugar de aceptar con humildad el consejo, se engolfan de enojos contra el que le ha extendido el remedio para sus males. Los orgullosos o rebeldes, suelen buscar en distintas personas consejo porque nada pareciera satisfacerles. Sin embargo, esta actitud deja en evidencia que la búsqueda espiritual que han iniciado, no es sincera sino ególatra, porque se buscan a sí mismos y ansían ser reconocidos por sus altas aspiraciones en el orden espiritual. El orgullo, que es rebeldía, es hermano de la soberbia, la cual “no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”, como dice san Agustín.

2°Los delicados. No soportan sufrir contradicción ni reprimendas. Cuentan con ánimo, aunque débil, para sofocar sus males. Suelen buscar consejos, y aunque los escuchan, no los atienden, por falta de voluntad y verdadero deseo de abandonar la modorra espiritual. Hay almas delicadas que se muestran ávidas de Dios, sin embargo, se cansan pronto de las luchas que debe dar consigo mismo, en su interior. Hasta las lágrimas llegan algunos por haber recibido de aquel a quien recurrieron por consejo, una lija áspera para pulir sus defectos, y no la seda que esperaban encontrar para cubrir sus males, con la esperanza de disimularlos en lugar de extirparlos de raíz. Los delicados suelen quejarse de los azotes de una verdad dicha para su bien, trocándose aun más duros por el orgullo, aplicando sanciones al que les corrige, sin imponerse una sola penitencia a sí mismo. En este tipo de almas, no sólo están arraigadas las raíces del afecto al pecado, éste cuenta, por así decirlo, con un tronco ya bien crecido, dado que no talaron ni arrancaron el rizoma del mal desde el principio, lo que complejizó el mal anterior, que es el afecto al pecado, uniéndose a éste la liberalidad de la voluntad al consentir el pecado, como consecuencia de una relativización de lo que es bueno o malo. Esta ambigüedad surge a partir de la condescendencia personal, que no es otra cosa que un medio nocivo por el cual el pecador se auto convence de que su falta no es de importante gravedad.

Dice el obispo de Meldense, Jacobo Benigno Bossuet, en su tratado Elevaciones del alma a Dios, año 1785:

“Las almas delicadas, y perezosas o tibias, juzgan haber hecho suficiente, cuando dicen de improviso: hágase la voluntad de Dios; pero no piensan en otra cosa que huir la pena o dificultad, y la inquietud; mas para ser verdaderamente conformes a la voluntad de Dios, es necesario saber hacerle un sacrificio de todo lo que más se ama, y con un corazón atribulado decirle de veras: Todo es vuestro, haced lo que sea de vuestro agrado”

El peligro de creer haber hecho suficiente, se conocerá cuando aquella alma llegue a la hora potrera sin haber sufrido una gota de esfuerzo contra sus graves defectos, a los que supo perdonar con regalada indulgencia, cuando éstos le propinaban la muerte espiritual.

3°Los hipócritas: En público, se muestran implacables contra el vicio, pero en su interior, rara vez van al campo de batalla para luchar con los enemigos de su alma. Los hipócritas suelen trabajar por la apariencia religiosa, gustan de los halagos y los esperan, por ello se desconciertan ante una palabra severa, ante una verdad dicha sin respetos humanos. De este tipo de personas, podemos decir que agazapan su verdadero rostro tras una marcara, para aparentar lo que no son. El origen de esta conducta puede encontrarse en una comprensión farisaica de la fe, imitando a aquellos que predicaban con dureza lo que ellos mismos no eran capaces de soportar, o por falta de rectitud en el propósito de conversión. No podemos dejar de mencionar aquí aquellas palabras de Jesús, quien advirtió a sus discípulos diciendo “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos” (Mt, 16 -6). El hipócrita funciona como la levadura, se hincha, porque la falsedad procura el embuste, y la apariencia inflada le hace parecer más grande, cuando en realidad ni un grano de humildad ha acumulado en su costal, virtud que los haría verdaderamente grande. La corrección pone en marcha en este tipo de personas la ira y la agitación, guardando en lo secreto un deseo de venganza contra quien ha visto su verdadero rostro. En estas almas, la raíz y el tronco del afecto al pecado le han brotado ramas, creando una frondosa cúpula, la cual viene a representar la sombra en la cual suele ocultarse el hipócrita, a fin de que no sea conocida su identidad embustera. No en vano dijo nuestro Señor: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!” (Mt 23-27)

4°Los contumaces. Son aquellos que, conociendo su defecto dominante y los remedios para exterminar su mal, consiente el vicio con participación libre de su voluntad, no solo una, sino varias veces. Estos son como aquel árbol derruido en su interior que, aunque frondoso por fuera, están huecos por dentro, su defecto es como una vil termita que carcome las entrañas del árbol, hasta que, ya sin poder sostenerse, es derribado por la ponzoña derivada del vicio. Los contumaces son necios, muy a pesar de ser en otros asuntos inteligentes y vivaces, por ello, resulta difícil de vencer su mal, por ser éste doble, puesto que, al defecto que les domina, se suma la pertinacia, la cual es gran obstáculo para el progreso de la vida interior dado que, el consentimiento del pecado es señal de una resolución debilísima en el deseo de abandonar el espíritu del mundo. Los contumaces consienten sus bajezas, gustan del pecado, a pesar del posterior remordimiento de conciencia, el cual puede traer consigo un sentimiento de atrición, que es un dolor imperfecto, al contrario de la contrición, que es dolor sincero por el mal causado.

“Errare humanum est, sed perseverare diabolicum” expresión latina que quiere decir “errar es humano, pero perseverar (en el error) es diabólico”.

5°Los impolutos: No pocas almas creen estar exenta de graves enfermedades espirituales, incluso, cuando realizan examen de conciencia, se encuentran totalmente sin mancha. Este convencimiento, solapado o evidente, puede conducir al alma a prescindir de la confesión, lo cual terminaría demostrando el estado de descomposición moral en el que se encuentra. Ningún alma, por más santa que sea, está exenta de sufrir las embestidas el mundo, de la carne y del demonio, ninguna se encontrará librada de batallar contra la tibieza, desidia, mediocridad o modorra espiritual, pues sólo batallando se forjan los verdaderos bienaventurados.

Los impolutos rara vez advierten por sí mismos los síntomas de su mal, sin embargo, con gran facilidad se comparan con otros, dando gracias a Dios por no ser como tal o cual pecador. Entonces, como otro fariseo elevará su oración ante el altar, agradeciendo al Señor por no ser como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como aquel publicano, que rezaba a cierta distancia. (Lc, 18-10,11) Y así, creyendo que cumple con el deber de orar a Dios para alabarle, ignora el prejuicio que tiene de otros como si nada hubiera que reprochar de sí mismo.

Todas estas actitudes, ya propias o del prójimo, son fruto de la liberal plaza que se otorga a las concupiscencias que dominan y corrompen el alma, son las malas pasiones desbocadas cuyo motor secreto es la rebeldía, es la falta de sinceridad en el deseo de enmendar el camino, es el íntimo, pero torcido anhelo de dar holgura a lo que es despreciable a los ojos de Dios, sólo para gustar de la satisfacción personal que causa tal o cual pecado, es una trampa urdida con aquellas licencias concedidas por el impenitente, que en lugar de preferir dar batalla contra el vicio que le gobierna, prefiere voluntariamente el solaz.

La falta de determinación para mudar de vida, la condescendencia en la tibieza en la oración, la débil disposición a realizar sacrificios diarios, el aplazar el día y la hora para nutrir el alma con piadosas lecturas, huir de la penitencia para aplacar el carácter, o el excesivo descanso cuando era menester elevar el alma con el rezo del santo el rosario, todas estas licencias, de las cuales el pecador, bajo el aliciente de mil pretextos se cree merecedor de tales agasajos, va adquiriendo un espíritu contrario al de Dios. Entonces, lejos de progresar, termina endureciendo su corazón, actitud que es propia de los que aun son dominados por el espíritu del mundo, porque, quejándose de no contar con tiempo para darse a las cosas de Dios, al final del día siempre encuentren espacio para los asuntos del siglo. Esta es clara señal de que aquellos son más prontos a modificar su jornada en pos de un imperante mundano que espiritual, lo que, tarde o temprano, terminará apagando en el alma, que es inmortal, la llamarada que se alimenta de lo eterno y no de lo perecedero, volviéndose escuálida y sin fuerzas para dar combate a las pasiones desordenadas.

Estimado lector, la Verdad no hiere a los humildes de corazón, mas bien, lastima a los soberbios, porque se niegan a reconocer su orgullo, su extremada delicadeza, su hipocresía, su contumacia o la concepción impoluta que tienen de sí. Y si ya hemos hecho la caridad de advertir al pecador y somos ignorados, hagamos con la oración lo que nuestras palabras no alcanzan, a fin de aquella alma, que ha costado la sangre preciosa de Cristo, no se pierda.

El Seráfico Padre San Francisco de Asís, viendo a uno de sus hermanos corroído por el desenfrenado deseo de poseer un Salterio (LP 103; EP 4), exterminó aquella necedad con una severa reprimenda, y tomando entre sus manos cenizas, esparció el hollín sobre la cabeza del hermano enfermo por la codicia, como señal de grave llamado a la penitencia. El hecho, que además no estuvo exento de ironía, sacó de la ceguera al novicio, haciéndole meditar dónde debía poner su corazón, puesto que, aunque estupefacto y avergonzado, al menos tuvo la alegría de tener las exhortativas palabras de su Padre, que es mayor tesoro, pues con esto despertaba de su letargo. Esta acción, aunque dura, es lo que haría un padre que ama a su hijo, y el ejemplo nos lo ha dado el santo que es tenido por el más grande en la Iglesia, y lo es, sin duda.

No se debe inquietar la conciencia de aquel que corrigió al prójimo, recuerda que no siempre la medicina tiene buen sabor, y aunque ésta sea amarga, es mejor administrarla que negarla, aunque con ello ganemos el repudio de las gentes, porque si somos signo de contradicción enseñando lo que han predicado por siglos los santos, tengamos la certeza y tranquilidad de que el problema lo tienen los que se resisten a oír a los Bienaventurados y prefieren crearse decálogos a medida, y moldes de perfección a capricho personal. Por ello, no dudemos en predicar la Verdad, esta es la mayor caridad que podemos hacer al prójimo, no atendamos a aquella pusilánime queja que prefiere poner el acento en el cómo presentar al pecador su mal. ¿Acaso, un médico que ausculta el cuerpo de un enfermo se atreverá a no advertirle que es necesario amputar aquel órgano necrosado, por temor a que no entienda esta dura verdad?, ¿Osaría el profesional guardar silencio al ver el inminente riego que corre la vida de su paciente en el orden natural? ¡Ah, con mayor razón y apremio ha de preocuparnos a nosotros advertir a tal o cual persona la gangrena espiritual que padece, pues impera salvaguardar su salud, que corre riesgo en el orden sobrenatural!.

Finalmente, dejemos que el consejo del Glorioso Padre San Francisco de Asís ilumine nuestras inteligencias, para que con ayuda de Dios logremos poner en práctica sus sabias amonestaciones. Esforcémonos por actuar del modo en que nos exhorta este gran santo cuando nos corrijan, y oremos para que cuando nos corresponda corregir, sea el corazón de ese pecador receptivo a la medicina que el buen Dios quiere administrarle por medio del instrumento inútil del que se vale para salvarle.

Dice el Seráfico Padre:

“Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. Bienaventurado el siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente confiesa y gozosamente satisface. Bienaventurado el siervo que no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, cuando no incurrió en culpa”. (capítulo XXII de las admoniciones)

-Laus Deo-

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