Jesús Sacramentado renueva tus esponsales con Venezuela

A propósito de los 119 años de la Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento, meditemos en el milagro de Amor, que nunca caduca, tomado de los escritos de la Venerable María Valtorta.

JESÚS SE HA QUEDADO CON NOSOTROS

La Nueva Alianza:

ESTO ES MI CUERPO, ÉSTA ES MI SANGRE.

.    ● “Os prometí un milagro de amor y ha llegado la hora de realizarlo. Por eso había Yo deseado esta Pascua. De hoy en adelante, ésta será la hostia que será inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado desde la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Me voy pero quedaremos siempre unidos mediante el milagro que ahora voy a realizar”.–  ■ Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Dice: “Ahora que hemos cumplido con el rito antiguo voy a celebrar el nuevo rito. Os prometí un milagro de amor y ha llegado la hora de realizarlo. Por eso había deseado esta Pascua. De hoy en adelante, ésta será la hostia que será inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda mi vida terrenal, amigos míos. Os he amado desde la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Me voy pero quedaremos siempre unidos mediante el milagro que ahora voy a realizar. Jesús toma un pan entero. Lo pone sobre la copa, que está completamente llena de vino. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan en trece pedazos y da uno a cada apóstol, diciendo: “Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en recuerdo de Mí, que me marcho”. Da el cáliz y dice: “Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre. Esto es el cáliz del nuevo pacto (sellado) en mi Sangre y por mi Sangre, que será derramada por vosotros para que se os perdonen vuestros pecados y para daros Vida. Haced esto en recuerdo mío”. Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color le han abandonado. Parece como si estuviese agonizante. Los apóstoles le miran angustiados. ■ Se pone de pie diciendo: “No os mováis. Regreso pronto”. Toma el decimotercer pedazo de pan, toma el cáliz y sale del Cenáculo.  Juan dice en voz baja: “Va donde está su Madre” (12). Judas Tadeo con un suspiro: “¡Pobre mujer!”. Pedro con una voz que apenas se oye: “¿Crees que Ella sabe?”. Judas Tadeo: “Sabe todo. Siempre lo ha sabido”.  Todos hablan en voz baja, como si estuviesen ante un cadáver. Tomás, que no quiere aún creer, pregunta: “Pero ¿estáis seguro sea así?…”. Santiago de Zebedeo le responde: “¿Todavía dudas de ello? Es su hora”. Zelote dice: “Que Dios nos dé fuerzas para serle fieles”. Pedro empieza  a decir: “¡Oh! yo…”. Pero Juan, que está alerta, hace: “Psss. Regresa”. ■ Jesús vuelve a entrar. Trae en la mano la copa vacía. En su fondo, una mínima señal de vino, que bajo la luz de la lámpara parece realmente sangre. Judas Iscariote, que tiene delante de sí la copa, la mira como hechizado, y luego aparta su vista. Jesús le mira y tiene un sacudimiento que Juan, que está apoyado sobre su pecho, siente, y exclama: “¡Dilo, ¿no?! Tiemblas…”. Jesús: “No. No tiemblo porque tenga fiebre… Os lo he  dicho todo y todo os lo he dado. No podía daros más. Os he dado a Mí mismo”. Hace ese dulce gesto suyo de sus manos, las cuales, antes juntas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: «Perdonad que no pueda más. Pero es así». Y agrega: “Os he dicho todo, y todo os he dado. Y repito. El nuevo rito se ha realizado. Haced esto en memoria mía. Os lavé los pies para enseñaros a ser humildes y puros como lo es vuestro Maestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como el Maestro. Recordadlo, recordadlo. Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro. Como os lavé hacedlo vosotros. Esto es, amaos como hermanos, ayudándoos mutuamente, respetándoos unos a otros, dándoos mutuo ejemplo. Sed puros para que seáis dignos de comer del Pan vivo que ha descendido del Cielo y para que tengáis en vosotros y por Él la fuerza de ser mis discípulos en un mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre”.

.   ● “La mano del que me traicionará está en esta mesa”.- Judas, con el consentimiento de Jesús, abandona el Cenáculo.– ■ Jesús: “Pero uno de vosotros no está puro. Uno de vosotros, el que me traicionará. Por este motivo estoy profundamente conturbado dentro de mi corazón… La mano del que me traicionará está en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo, ni mi Sangre, ni mi palabra le hacen cambiar de su determinación, ni le hacen arrepentirse. Lo perdonaría, yendo a la muerte también por él”. Los discípulos se miran aterrorizados. Se miran, sospecha uno del otro. Pedro mira fijamente a Iscariote, como si descorriese el velo de sus sospechas. Judas Tadeo se pone violentamente en pie para mirar a Iscariote por encima de Mateo. Pero Iscariote no da muestras de intranquilidad. Mira a su vez fijamente a Mateo como si sospechase de él. Luego mira a Jesús. Y, sonriendo, le pregunta: “¿Soy acaso Yo?”. Parece el más seguro de su fidelidad, y parece que si hace esta pregunta es solo para que la conversación no se interrumpa. Jesús le dice: “Tú lo has dicho, Judas de Simón. No Yo. Tú lo estás diciendo. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Interroga a tu consejero interno, a tu conciencia, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que te comportaras como un hombre, y mira si te acusa. Tú, antes que ningún otro, lo sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con solo decirlas, o incluso pensarlas, aunque sea por broma?”. Jesús habla con calma. Parece un maestro que explicara una tesis a sus discípulos. La agitación es grande, pero la calma de Jesús la aplaca. ■ De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Iscariote —quizás también Tadeo, pero que se calma al ver la desenvoltura de Iscariote—, tira de la manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado fuertemente a Jesús al oír hablar de traición, se vuelve, le dice en voz baja: “Pregúntale quién es”. Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que levanta un poco la cabeza, como para dar un beso a Jesús, y en voz bajísima le dice al oído: “Maestro, ¿quién es?”. Y Jesús, al devolverle el beso entre los cabellos, con voz bajísima: “Aquel a quien daré un pedazo de pan mojado”. Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo moja en la salsa del cordero que hay en la bandeja, extiende por encima de la mesa su brazo y dice: “Toma, Judas. Esto te gusta”. Iscariote: “Gracias, Maestro. Me gusta, sí” y, sin saber lo que significa ese bocado, se lo come mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la risa diabólica de Iscariote mientras muerde el trozo de pan acusador. ■ Jesús dice a Iscariote: “Bien. Ahora que he logrado contentarte, vete. Todo está terminado, aquí (y hace hincapié es esta palabra). Lo que te falta por hacer en otro lugar, hazlo pronto, Judas de Simón”. Iscariote: “Obedezco inmediatamente, Maestro. Después me reuniré contigo en Getsemaní. ¿Vas a ir allá o no? ¿Cómo de costumbre?”. Jesús: “Voy a ir allá… como de costumbre… de veras”. Pedro pregunta: “¿Qué va a hacer? ¿Va solo?”. Iscariote, mientras se pone el manto, en tono socarrón, dice: “No soy ningún niño”. Jesús responde: “Déjalo que se vaya. Yo y él sabemos lo que tiene que hacerse”. Pedro dice: “Sí, Maestro”, pero no replica. Tal vez se imagina que ha faltado contra la caridad por haber sospechado de un compañero. Con la mano en la frente, piensa. ■ Jesús estrecha hacia Sí a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos: “Por ahora no digas nada a Pedro. Sería un inútil escándalo”. Iscariote dice despidiéndose: “Hasta pronto, Maestro. Hasta pronto, amigos”. Jesús le responde: “Hasta pronto”.  Pedro: “Te devuelvo el saludo, muchacho”.  Juan, con la cabeza casi apoyada sobre las rodillas de Jesús, murmura: “¡Satanás!”. Jesús es el único que le oye, y da un suspiro.

*  CONCLUSIÓN DE LA CENA.

.   ● “Este es un milagro que por su forma, duración, naturaleza, por su magnitud y límites a que llega, no admite otro posible mayor”.– ■ Pasan unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo mientras maquinalmente acaricia los rubios cabellos de Juan. Luego reacciona. Alza la cabeza, mira en derredor suyo, sonríe a sus discípulos para consolarlos. Dice: “Levantémonos y sentémonos juntos como los hijos se sientan alrededor de su padre”. Toman los asientos lechos que están detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado. Jesús se sienta en el suyo, entre Santiago y Juan como antes. Pero cuando ve que Andrés va a sentarse en el lugar que dejó Iscariote, grita: “No, ahí, no”. Un grito impulsivo que su inmensa prudencia no logra controlar. Luego busca una explicación, diciendo: “No es necesario tanto espacio. Estos asientos son suficientes. Quiero que estéis muy cerca de Mí”. ■ Ahora, respecto a la mesa están así: o sea, forman una  «U» con Jesús en el centro, y, en frente, la mesa, una mesa ya sin comida, y el lugar de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro. “Siéntate, aquí. Yo me siento en este banco, a los pies de Jesús”. Pedro dice: “¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando!”, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies.  Jesús sonríe: “Veo que empiezan a surtir efecto las palabras que antes os dije. Los buenos hermanos, se aman entre sí. Y en cuanto a ti, Santiago, también te digo: «Dios te bendiga». Esta acción tuya jamás será olvidada, y hallarás premiada arriba. ■ Todo lo que pido, lo alcanzo. Ya lo habéis visto. Bastó un deseo mío para que el Padre concediese a su Hijo darse en Comida al hombre. Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto más grande es el milagro, tanto más segura y profunda es la amistad divina. Este es un milagro que por su forma, duración, naturaleza, por su magnitud y límites a que llega, no admite otro posible mayor. Yo os lo aseguro: es tan poderoso, sobrenatural, inconcebible a los ojos del hombre soberbio que muy pocos lo comprenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán. ¿Qué diré entonces? ¿Qué se les condene? No. ¡Que se les tenga piedad! Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Ha sido Dios mismo el que lo hizo. Es Dios mismo quien dice: «Este amado mío ha alcanzado lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos». Y aquí dice: «Ha alcanzado una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha realizado». La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, que viene de Dios, regresa a su origen. ■ Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece más por la gloria de sus santos. Por lo cual afirmo: de la misma forma que el Hijo del hombre ha sido glorificado por Dios, Dios ha sido glorificado por el Hijo. Yo he glorificado a Dios en Mí mismo, a su vez Dios glorificará en Sí a su Hijo. Muy pronto le glorificará. Alégrate, Tú que regresas a tu trono, ¡oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! Alégrate, ¡oh Carne que vuelves a subir después de un largo destierro en el fango! No es el paraíso de Adán sino el del Padre, que será el lugar donde vivirás. Si por órdenes de Dios, un hombre detuvo el sol con la admiración de todos (13), ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de que el Cuerpo del Hombre perfectamente glorificado sube y se sienta a la derecha del Padre?”. (Escrito el 9 de Marzo de 1945).

(Siguen los discursos de despedida de Jesús [Juan.14-16, y relatados en el tema “Jesús Redentor” Pre-Pasión]. Desembocan los mismos en la sublime plegaria de Juan, llamada por muchos “oración sacerdotal”, oración de Cristo, quien, antes de morir, ofrece en sacrificio su propia vida; sacerdote y víctima a la vez)

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12  Nota  : S Justino,  que nació en Palestina y vivió en Roma, filósofo y teólogo de la época sub-apostólica, en su Apología 1ª, compuesta hacia el año 150, escribe que los diáconos, al terminar el Sacrificio, llevaban la  Eucaristía a los ausentes.   13  Nota  :  Cfr. Jos. 10,10-15.

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9-600-428 (11-20-492).- Reflexión sobre la Última Cena: “El Sacramento obra lo que es, y obra más cuanto más digno es uno de recibirlo. Pero ¡ay de aquel que recibe el Sacramento sin haberse hecho digno de él! Entonces el Sacramento se convierte no en germen de preservación y vida, sino de corrupción y muerte”.

* “La muerte del profanador del Sacramento es siempre la muerte de un desesperado y por eso no conoce el tranquilo tránsito del que está en gracia, ni el heroico de la víctima que, pese a los sufrimientos, mantiene fijos sus ojos en Cielo y su alma en la serenidad de la paz”.- ■  Dice Jesús: “Del episodio del la Cena, aparte la consideración de la Caridad de un Dios que se hace Alimento para los hombres,  resalta esta enseñanza: El Sacramento obra lo que es, y obra más cuanto más digno es uno de recibirlo; cuanto más se ha hecho uno digno de él con una voluntad constante que aplasta a la carne y hace señor al espíritu, domando las concupiscencias, doblegando el ser a las virtudes, tendiendo el espíritu, como un arco tenso, hacia la perfección de las virtudes, sobre todo, de la caridad. Porque cuando uno ama, tiende a hacer feliz a aquel que ama. Juan, que me amó como ningún otro, alcanzó del Sacramento el máximo de la transformación. Desde ese momento empezó a ser águila, al que le resultaba familiar y fácil la altura en el Cielo de Dios, fácil fijar su mirada en el sol eterno. ■ Pero ¡ay de aquel que recibe el Sacramento sin haberse hecho digno de él, sino que, al contrario, haya aumentado su siempre humana indignidad con culpas mortales! Entonces el Sacramento se convierte no en germen de preservación y vida, sino de corrupción y muerte. Muerte del espíritu y putrefacción de la carne, por lo cual ésta «revienta», como dice Pedro de la de Judas (1). No vierte la sangre, líquido siempre vital y hermoso en su púrpura, sino que esparce sus entrañas, ennegrecidas con toda clase de lujuria, podredumbre que se esparce fuera de la carne corrompida, como de la carroña de un animal inmundo, objeto de vómito para los que pasan. La muerte del profanador del Sacramento es siempre la muerte de un desesperado y por esto no conoce el tranquilo tránsito del que está en gracia, ni el heroico de la víctima que, pese a los sufrimientos, mantiene sus ojos fijos en el Cielo y su alma en la serenidad de la paz. La muerte del desesperado es atroz en contorsiones y terror, es convulsión horrenda del alma de la que ya se ha apoderado Satanás, que la estrangula para arrancarla de la carne, y que la ahoga con su nauseabundo aliento. ■ Esta es la diferencia entre el que pasa a la otra vida después de haberse alimentado en ésta de caridad, de fe, de esperanza, y de todas las otras virtudes y de toda doctrina celestial, y del Pan angélico que le acompaña con sus frutos —y mejor si es con su presencia real— en el extremo viaje, y el que pasa a la otra vida después de haber llevado acá en la Tierra una vida animal; la Gracia y el Sacramento no le ayudan. La muerte del primero es serena: al morir se le abren las puertas del Reino eterno. La muerte del segundo es la espantosa caída del condenado que siente que se hunde en la muerte eterna y conoce en un instante aquello que ha querido perder, pero que ya no puede recuperar. Para uno, es ganancia;  para otro, pérdida. Para uno, alegría, para el otro, terror. Esto es lo que os dais según que creáis en mi don y lo améis, o que no creáis en él y lo despreciéis. Ésta es la enseñanza de esta contemplación”. (Escrito el 17 de Febrero de 1944).

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1  Nota  : Cfr. Hech. 1,18.

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