Madre Carmen Rendiles: una nueva venezolana en el coro de los bienaventurados

Por disposición del Obispo de Roma, a partir de este 16 de Junio 2018, una insigne mujer venezolana es reconocida como tercera beata de nuestra nación en el coro de los bienaventurados, cuya semblanza presentada en su momento por el postulador de la causa de beatificación, compartimos a continuación.

Madre María Carmen Rendiles Martínez, nació en Caracas el 11 de agosto de 1903. Fue la tercera hija del matrimonio formado por Ramiro Rendiles y Ana Antonia Martínez. Su padre trabajó como secretario del Banco Venezuela y su madre se dedicó a la crianza de sus hijos y a la buena marcha del hogar. Como buenos padres transmitieron a sus hijos con tesón y esmero el sentido del deber y de la responsabilidad.

Carmen Elena nació con una carencia física, le faltaba el brazo izquierdo, privación que no le impidió desarrollar una vida normal. Fue probada y acrisolada por Dios en su adolescencia y juventud a través de la enfermedad, la muerte de uno de sus hermanos a quien estaba muy unida y la muerte de su padre. En la prueba supo descubrir el llamado de Dios en medio de la soledad que origina toda prueba, estas circunstancias contribuyeron con su personalidad reforzando en ella trazos de prudencia, equidad y fortaleza de carácter.

Y careciendo del brazo izquierdo, lo cual no ocasionó ninguna perturbación emocional en psique. Al contrario, esa carencia va servirle para hacer crecer en ella una tenacidad indoblegable a fin de sobreponerse a las adversidades. Así es como la vemos dibujando, haciendo muebles, pintando lienzos y cuadros, .llevando a cabo labores de hogar y de toda clase que, aún con dos manos, exigen pericia y destreza. Madre Carmen llegó a ser capaz de llevarlas a cabo con la única mano de que disponía. Pero la disciplina que exigía hacerlo le sirvió para adquirir la virtud de la fortaleza y de la tenacidad, que por cierto nunca se convirtió en terquedad.

Era madre Carmen una persona de estatura algo más que mediana, de complexión normal, si bien a medida que las enfermedades, particularmente la artritis, hicieron mella en ella, tendió a encorvarse ligeramente. De cara ovalada, ojos muy vivos, serenos y penetrantes, pletóricos de paz y recogimiento, boca que siempre delineaba una sutil sonrisa a través de la cual intentaba irradiar su amor a Jesús. Ni siquiera la presencia de intensos dolores físicos en ciertas etapas de su vida logró hacer mella en aquella faz serena y sonriente.

Madre Carmen era una persona de inteligencia desarrollada que unida a la sabiduría que le otorgó Dios, supo utilizar para hacer las cosas siempre con una gran dosis de prudencia, unida a la justicia. Su memoria era privilegiada, especialmente la relacionada con las personas y los hechos. Conocía a cada hermana y sabía tratarla como si ella fuese la única que merecía su atención.

Tuvo Madre Carmen una imaginación fecunda para tomar iniciativas sobre todo en relación al bien de los demás. Su voluntad daba muestras constantes de firmeza y decisión en aquello en lo que era imposible ceder sin menoscabar la gloria de Dios o el amor al prójimo. Esa voluntad estaba adornada con una rara virtud: la tenacidad que daba alas a·la perseverancia y constancia a sus propósitos y objetivos. Como era humilde, en extremo humilde y se reconocía frágil, sostuvo esa tenacidad · firme y sólida surtiéndose de una fuerza inextinguible: la Eucaristía y el amor a la Santísima Virgen. Esa humildad le permitió durante los años iniciales salir a pedir limosna de casa en casa, como era costumbre entonces entre las hermanitas, para poder atender las necesidades y exigencias de las niñas necesitadas y para la construcción de sus obras.

Emocionalmente Madre Carmen aparece como una mujer dotada de una fortaleza psíquica extraordinaria, producto de un equilibrio emocional interno y externo nada común; esa fortaleza le permitió soportar dolores físicos extremos y agudos sin quejarse. El largo proceso de dilucidación del Camino a seguir en lo referente al cambio de la congregación en instituto secular, intentado por la casa madre de Francia y que culminó. en la separación, sirvió para aquilatar el control y equilibrio del mundo interno y ex- terno de sus emociones: jamás pudo observar- se, ni en la vida ordinaria ni en sus escritos de ese período, alguna muestra de ligeros o remotos asomos de cólera, rabia, ira, tristeza, depresión, frustración, o de miedo, frente a tantas y tan variadas tribulaciones y sinsabores derivados de un proceso que le exigía un consumo extremo de energías espirituales y físicas, para ir y venir a distintos lugares, visitar o escribir en plan de consulta a variados sacerdotes y obispos e incluso al Eminentísimo Cardenal-Arzobispo de Caracas, hablar y convencer ante todas las instancias y jerarquías necesarias, expresar sus opiniones y juicios tal como su conciencia se los presentaba para mantenerse veraz y fiel al mensaje de la voz de Dios, que los acontecimientos, los superiores, la jerarquía y la Iglesia le señalaban como derroteros a seguir. Mucho menos dio muestras de precipitación, improvisación, imprudencia, abatimiento, cobardía, pusilanimidad, doblez, hipocresía o intimidación frente a decisiones que, una vez percibidas como la voluntad de Dios, se convertían en fuerza de empuje y voluntad indoblegable. A pesar de todo ello y probablemente como resultado de todo. ello, mantuvo ese equilibrio emocional extraordinario, ya que nunca dejó traslucir el calvario que se anidaba en su corazón.

Al contrario, su cara siempre mostraba esa sonrisa de paz que sólo quien está y se siente seguro en las manos de Dios puede dejar traslucir; muy particularmente en los períodos en los que se aunaban los sufrimientos físicos y espirituales a las tribulaciones propias del accidentado y doloroso proceso de separación que consumió una larga década de su vida.

Supo y fue capaz de convertir el amor puro a Dios en amor puro al ser humano, visto y estimado como, Cristo en. persona, sin distinciones. No obstante su amor a la eucaristía se hacía vida en el amor sobrenatural sobre todo a los sacerdotes a quienes respetaba y veneraba como si fuesen igualmente el mismo Jesús en persona.

En sus escritos·aparece una madre Carmen que escoge la sencillez aunada a la fortaleza. La amorosidad (sic) unida a la rigidez y fiel cumplimiento de las obligaciones de cada instante. Ellos traslucen el carisma de su Congregación de las Siervas de Jesús, quienes han sido llamadas por ese mismo Jesús para adorarlo y servirle ininterrumpidamente en la Eucaristía y servirle igualmente en aque- llos que son los encargados de que Jesús se perpetúe entre nosotros: los sacerdotes. En una palabra: Jesús en la Eucaristía y Jesús en el sacerdote.

Tanto en sus cartas como en sus circulares y escritos espirituales trató de combinar el ideal cristiano con la condición humana dentro de un esquema de vida que llama la atención porque precisamente no exige nada de anormal o extraordinario: se come, se bebe, se habla, se.trabaja, se reza, se descansa, se visita, se. amaa la familia sanamente, se camina o se duerme con sentido de cumplimiento de la voluntad divina; se divierte con sentido de la alegría de quien está vivificado por la presencia de Jesús. Se mantiene el hábito rigurosamente limpio como una expresión de que la perfección y la santidad, además. de la pobreza religiosa;. no están reñidas con la limpieza y el·orden.

Aunque insiste en la oración hecha vida, no pide que sus hijas se transfiguren en éxtasis. Pide un camino sencillo, como el proclamado en el evangelio: amar sin medida, sin cálculo, hacer la voluntad de Dios y estar al servicio de la Eucaristía y del prójimo por igual, en especial del sacerdote que es el mismo Jesús en la tierra.

Ha, sido muy revelador descubrir en sus cartas que jamás pide o exige nada a los otros sino incluyéndose a sí misma en la petición: oremos, hagamos; practiquemos, etc. Jamás dice orad, practicad, haced. Era de la misma forma sumamente insistente en él cumplimiento meticuloso de la Regla, a la que otorgaba el rango de clara y manifiesta vo- luntad de Dios, que brinda la seguridad de. no equivocarse para nada. El mismo rango otorgaba a la virtud de la obediencia, virtud que practicó con verdadera heroicidad.

Por supuesto, nada de acciones o enseñanzas espectaculares, pero sí todas las acciones gran- des o pequeñas, de bulto o de detalle, que se nos solicitan cada momento para servir a Jesús, al prójimo y a los que nos rodean.

Madre Carmen tiene una fina percepción para darse cuenta de que la realidad, la de dentro de cada cual y la qué nos rodea,·es a veces más fuerte ‘ que nuestro ideal de amor; por eso insiste hasta el cansancio en la oración in- interrumpida… hasta el punto de que considera que el sueño puede ser oración si uno así lo decide, al tomarlo como expresión de la voluntad de Dios. La Eucaristía debe contar con cada corazón de sus hijas como si fuese un altar y el centro de su vida, donde Él pueda sentirse a gusto y a su vez dar la mano, a fin de que la grandeza de ser Siervas de Jesús no se convierta en miseria insoportable hasta para ellas mismas.

Madre Carmen no aparece preocupada por demasiadas cuestiones. La única preocupación que se transparenta como una segunda naturaleza dentro de ella, es la de servir a Jesús Eucaristía y su representante el sacerdote, haciendo la voluntad de ambos. Y la preocupación de la separación no lo fue en orden a lograr fundar una nueva congregación sino en lograr ser fiel a ese carisma inicial que Jesús inoculó en su corazón en la casa madre en Francia y que bebió de la fundadora y de sus superioras y maestras en la Congregación, que a todas luces Jesús le señaló como un camino duro, erizado de espinas y cruces, como única vereda por donde llegarle en el ideal de amarle y de hacer su voluntad. Eso es lo que se visualiza en -la correspondencia disponible sobre todo el período que precede a la separación.

Mención particular merece todo lo relacionado con el sufrimiento físico. Ella lo padeció y con creces… por largos períodos. La carencia del brazo izquierdo le impuso desde su nacimiento una limitación que nunca la amilanó ni frustró. La adaptación de una prótesis le ocasionó más molestias que beneficios, pero supo soportarlo con entereza y sin dar muestras de desagrado.

La operación de extirpación .de un pulmón; aparte dejarla con ·un sólo pulmón, le ocasionó un sufrimiento atroz, ya que la anestesia no hizo efecto en ella. Sin embargo hasta el mismo cirujano la invitaba a quejarse, ya que calculaba que tal quejido podría aliviarla o al menos ser una se- ñal de que estaba viva. La fractura de las dos piernas y las contusiones generalizadas como efecto del accidente automovilístico, la subsiguiente operación quirúrgica y la re- habilitación física constituyeron otro vía crucis soportado con la misma entereza y calma prover- biales en ella. La artritis progresiva.de los últi- mos años que la postró en silla de ruedas fue otra oportunidad más de demostrar su amor a la cruz y al sufrimiento unido al de Jesús y ofrecido para la salvación de las almas y la repa- ración por los pecadores.

La tediosa, dolorosa y larga enfermedad final fue la última y definitiva manera de ofrecerse a sí misma como holocausto por amor a Aquel que murió por todos. Todo ese sufrimiento físico, acumulativo y a veces muy intenso, jamás perturbó su equilibrio emocional interno ni externo. Y no como fruto de un estoicismo barato o heroísmo de pantalla, sino como resultado de una sólida interioridad unida al convencimiento radical de que la fecundidad del Reino de Dios se lleva a cabo en lo oculto del .corazón, nunca perdió de vista, a pesar del sufrimiento físico, que el árbol interior es vida latente y pujante que proviene de Jesús Eucaristía. Eso explica, tal vez en gran parte, aquella sencillez sonriente, aquella humildad transparente, aquella sonrisa espiritual y pura, aquella amabilidad imperturbable, aquella serenidad inquebrantable, aquella paciencia inacabable, aquella oración continua en sus labios y en su corazón, aquel pedir en numerosas ocasiones la observancia de la regla del silencio.

Aunque a primera vista parecía una monja pasiva y sin arranque, Madre Carmen era una poderosa máquina de acción con resultados concretos, aun estando en silla de ruedas.

Como superiora supo abordar la complejidad del mundo en que le tocó desenvolverse, viviendo el sentimiento básico de su ideal eucarístico y sacerdotal; de no. haberlo hecho así hubiera desembocado en la complejidad de la vida, sustituyendo el espíritu de verdad por la ansiedad voluntarista. Simplificación y unidad interior reflejadas en la mirada que le transfiguraba elrostro. Esa mirada que en medio de torbellinos, pruebas, tribulaciones, carencias físicas y .enfermedades dolorosas y punzantes, estaba centrada en Jesús Eucaristía, en el sacerdote y en el hermano, la hermana, y en la madre de todos ellos: María. No era autoritaria, pero tampoco amiga de zalamerías. Era amable, exquisitamente amable, sobre todo cuando se veía obligada a amonestar, llamar la atención o o pedir entrar por lo que era considerado una obligación ineludible. Jamás alzaba la voz o imponía soluciones autoritariamente; obtenía el acatamiento a las normas, la obediencia del corazón de sus hijas· a base de oración, prudencia, sonrisas y amabilidad. Sentía partírsele el corazón cuando alguna de sus hijas dejaba la congregación. No obstante repetía a menudo que “es mejor la calidad que la cantidad”.

De todo lo dicho, de nuestra reflexión acerca de lo que hemos leído, consultado, escuchado y comentado, se puede concluir que madre Carmen dio ejemplos constantes, evidentes y crecientes de haber practicado las virtudes cristianas, tanto las teologales como las cardinales, en forma heroica.

La Comisión de Historia

Roma, 3.III.l998

Fr. Romualdo Rodrigo, o.a.r. . Postulador

La fe es la virtud clave en su vida. Por la fe se habituó a vivir en la presencia de Dios. Trató de profundizarla cada día haciendo continuos actos de fe y pronunciando jaculatorias que le hacían vivir en un clima espiritual y le recordaban que Dios estaba presente en ella.

La venerable madre Carmen sabe que Dios está detrás de todo acontecimiento y quiere sólo nuestro bien, por eso se abandona en sus brazos y descansa tranquila. Así, en un ambiente de paz y con la mayor sencillez abordó las dificultades del camino: el des- precio, la incomprensión, la enfermedad, la falta de medios económicos, los prejuicios, los momentos críticos y hasta la muerte. Dio siempre una gran importancia a los gestos y posturas ante el Santísimo Sacramento, conducta que nos habla de su Fe ante la majestad infinita de Dios.

Esa fe le permitió vivir la esperanza:

“En el cielo El será mi gloria, mi honor, mi dicha,… Mañana el cielo se estremecerá de gozo junto conmigo. ¿Cómo no morir de gozo al unirme a Dios? “

Escritos espirituales, p, 80).

“Unirme a Jesús íntimamente dejándole a El que cuide de todo lo que me interesa. Él lo hará en la medida que yo me una a Él y le entregue todo. Vine aquí para eso…”

(Ideario 369).

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