Libertad humana: ver la imagen viva de Dios en el otro

Siendo hoy el día de la Libertad de Prensa, cabe cavilar un poco sobre ¿qué es libertas? Se puede apreciar la libertad cuando la respiras en el ambiente donde te mueves, donde tus posibilidades abren camino a otras, donde las oportunidades de ‘ser’, como también de desarrollar y desplegar ese ser, son posibles. Lo que jamás imaginaron algunos colegas fue que estando en el lugar equivocado, no sólo le fuera arrebatada la libertad sino también la vida. Y esto adquiere un sentido trascendente justo hoy cuando es el día del Hallazgo de la Santa Cruz, escribiendo este texto a la misma hora en que Jesús dio su vida en ella. Su silencio al expirar reveló aquello probablemente nunca antes leído en los Evangelios. Con su muerte se da la más clara de las delaciones a quien quiera esconder o anular la verdad. Es con verdad que se sostiene la auténtica libertad. Nadie puede descansar si simplemente oprime acorde a sus más execrables intereses a niveles que confunden, definitivamente porque el mal es muy astuto, siempre quiere salirse con la suya.

Pero, anulando la libertad, ¿qué se quiere acallar? mejor aún, ¿a quién? Se quiere acallar la verdad de Dios, inscrita en su obra creada: el hombre. Se la acallan no sólo los detractores, los marxistas, quienes manipulan sino también aquellos que con la propia negligencia buscan anunciar la verdad y la mutilan. Ante esto, hay una profunda deuda con el hombre al no orientarle debidamente. Lo manifiesta San Juan Pablo II “La verdad que debemos al hombre es, ante todo, una verdad sobre él mismo. Como testigos de Jesucristo somos heraldos, portavoces, siervos de esta verdad que no podemos reducir a los principios de un sistema filosófico o a pura actividad política; que no podemos olvidar ni traicionar. […] Quizás una de las más vistosas debilidades de la civilización actual esté en una inadecuada visión del hombre. La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes. ¿Cómo se explica esa paradoja? Podemos decir que es la paradoja inexorable del humanismo ateo. Es el drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser –el absoluto– y puesto así frente a la peor reducción del mismo ser. La Constitución Pastoral Gaudium et spes toca el fondo del problema cuando dice: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado” (núm. 22).” (del Discurso del Santo Padre Juan Pablo II En La Inauguración De La III Conferencia General Del Episcopado Latinoamericano, Puebla, México, 28 de Enero de 1979).

Al querer profundizar hablando de libertad, sobre ¿qué se puede asentar su difusión? Un hombre es libre cuando descubre y valora su propia dignidad y la del otro, lo que ella conlleva y hacia dónde le señala el camino. La dignidad donde se asienta la libertad revela la riqueza con la que Dios ha dotado a su más preciada obra, y viendo más de cerca se ama, se valora y defiende el derecho a nacer, el derecho a la vida, el derecho a la procreación responsable, al trabajo, a la paz, a la libertad y a la justicia social; el derecho a participar en las decisiones que conciernen al pueblo y a las naciones. En un discurso en Naciones Unidas (diciembre de 1978), San Juan Pablo II clama “¡Respetad al hombre! ¡El es imagen de Dios! ¡Evangelizad para que esto sea una realidad! Para que el Señor transforme los corazones y humanice los sistemas políticos y económicos, partiendo del empeño responsable del hombre”.

La dignidad reclama responsabilidad, ante esto, responde el Beato Pablo VI mostrando que “La Iglesia siente el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, el deber de ayudar a que se consolide esta liberación (cf. Evangelii nuntiandi, 30); pero siente también el deber correspondiente de proclamar la liberación en su sentido integral, profundo, como lo anunció y realizó Jesús (cf. ib., 31). “Liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, ante todo, salvación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El” (ib., 9). Liberación hecha de reconciliación y perdón. Liberación que arranca de la realidad de ser hijos de Dios, a quien somos capaces de llamar Abba, ¡Padre! (cf. Rm 8, 15), y por la cual reconocemos en todo hombre a nuestro hermano, capaz de ser transformado en su corazón por la misericordia de Dios. Liberación que nos empuja, con la energía de la caridad, a la comunión, cuya cumbre y plenitud encontramos en el Señor. Liberación como superación de las diversas servidumbres e ídolos que el hombre se forja y como crecimiento del hombre nuevo. Liberación que dentro de la misión propia de la Iglesia no se reduzca a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, que no se sacrifique a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo (cf. Evangelii nuntiandi, 33).

No perdamos la esperanza de que muchos conozcan, valoren y promuevan con su experiencia bien vivida de libertad, la liberación de tantos oprimidos, encapsulados y cerrados, y que por fin, como deseaba Sócrates: pueda salir el hombre de la caverna.

José Ignacio Ramón

Director-Editor

María Madre de la Iglesia

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