¡Júbilo en la Iglesia!: un Mártir y un Papa en el coro de los Santos

Ciudad del Vaticano.- Si aún no se asimila la grandeza de la fiesta en honor de María Madre de la Iglesia, el Lunes luego de Pentecostés (que en 2018 será el lunes 21 de Mayo), Su Santidad Francisco no deja de sorprender al proponer como modelos de santidad para toda la cristiandad a Monseñor Oscar Romero y a Su Santidad Pablo VI.

¿Qué quiere decir esto? ¡Que vamos a tener dos nuevos santos! 😃 aún el Vaticano estudia dónde y cuándo será la ocasión que El Señor les dará la bienvenida en el coro de los Santos por inscripción del Sumo Pontífice en el catálogo de los santos. No se ha dicho que los canonizarán juntos, pero algunas fuentes vaticanas tienen sus hipótesis: a Pablo VI al finalizar el Sínodo de los Jóvenes en Octubre, mientras que Monseñor Romero puede ser en enero 2019, para la JMJ de Panamá, de la cual es Patrono; o en San Salvador, de ser así esto indicaría que el Papa Francisco visitaría El Salvador por primera vez.

Sin duda alguna, estos ejemplares hombres realzan el valor de la herencia que nos lega Jesucristo: Su mismo Cuerpo, Su Santa Iglesia. Nos hace Su Cuerpo. ¡Maravilloso! Dirían en inglés ¡Great!

Cabe preguntarse, ¿qué han hecho de extraordinario estos hombres para que sean propuestos como modelo de vida cristiana?

En el caso del Beato Romero, es imposible olvidar su legado en defensa de un pueblo que sufre el flagelo de grupos violentos, llamados ‘escuadrones de la muerte’, que selló con la entrega de su vida como mártir in odium Fidei, es decir por “odio a la fe”, un 24 de Marzo de 1980.

En una de sus Homilías, el 11 de Marzo de 1979, se puede admirar la entereza de su fe:

«Yo quiero decirle a las comunidades de Aguilares y a todas las comunidades que en este momento están acompañando esta peregrinación de fe, de esperanza y de amor: ¡que no tengan miedo!, que la persecución es una nota característica de la autenticidad de la Iglesia; que una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, ¡tenga miedo!; no es la verdadera Iglesia de Jesucristo. Esto no quiere decir que sea normal esa vida de martirio y de sufrimiento, de miedo y de persecución, sino que debe de significar: el espíritu del cristiano. No estar con la Iglesia únicamente cuando las cosas andan bien, sino seguir a Jesucristo con el entusiasmo de aquel apóstol que decía: “si es necesario muramos con Él”.».

Y hablando del Beato Pablo VI, fue el Papa que, siguiendo el legado de San Juan XIII, le abrió las puertas al Espíritu Santo para que condujera la barca de la Iglesia a una nueva etapa, con la conducción, conclusión e inicio de ejecución del Concilio Vaticano II, que aún no ha sido comprendido del todo. Aunque Montini no muere como mártir físicamente, incluso habiendo sido herido con dos puñaladas en su llegada a Manila (Filipinas), sufrió un martirio espiritual de incomprensiones porque era un Siervo de Dios visionario.

Demostró que se pueden romper las barreras que separan: una de ellas fue disolver la brecha de excomunión entre la ortodoxia y la catolicidad, en esa memorable visita a Tierra Santa con el Patriarca Atenágoras de Constantinopla. Nunca antes de él un Sumo Pontífice había dejado voluntariamente Italia para visitar los Cinco continentes. Desde la época de San Pedro Apóstol (¿imagina usted lo trascendente que suena esto?), ningún Papa vino jamás antes a Tierra Santa.

En esta ocasión, merece mucho rememorar detalles de este próximo Sumo Pontífice que sube a los altares, dado que en él encuentro Papa Francisco a un modelo de Papa que quiere ver a «su pueblo», que fue mantenido a distancia en Nazaret por «motivos de seguridad», que visita a un enfermo en su casa, que deja al custodio para ir a bendecir a un niño paralítico, que abandona a los cardenales de su séquito en el almuerzo para continuar, lo más rápidamente posible, camino de Cafarnaún.

Y en esta audacia para lograr hacer lo que pudo, también lo puede decir el mismo Vaticano cuando Su Santidad fue a Colombia en 1968.

Queriendo ahondar en ese sentir de Pablo VI, permitamos que resuenen en nuestro corazón sus palabras en el 50 aniversario de las apariciones de Fátima en 1967:

«Queremos pedirle a María una Iglesia viva, una Iglesia verdadera, una Iglesia unida, una Iglesia santa. Ahora queremos orar con usted, para que las esperanzas y las energías, despertadas por el Concilio, tenemos que madurar en gran medida los frutos de ese Espíritu Santo, del cual mañana, Pentecostés, la Iglesia celebra la fiesta, y de la cual viene la vida verdadera cristiano; los frutos enumerados por el apóstol Pablo: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5, 22). Queremos orar para que la adoración a Dios sea siempre y siempre primero en el mundo, y su ley forme la conciencia y la costumbre del hombre moderno. La fe en Dios es la luz suprema de la humanidad; y esta luz no solo no debe extinguirse en los corazones de los hombres, sino que debe ser revivida por el estímulo que proviene de la ciencia y el progreso.»

El rico magisterio de Su Santidad Montini se puede intentar compendiar en un extracto de su homilía en Bogotá, el 23 de agosto de 1968

«El amor es la causa por la cual vale la pena actuar y luchar. El amor debe ser el vínculo para transformar a la gente sencilla, amorfa, desordenada, sufrida y a veces maliciosa, en un Pueblo nuevo, vivo y activo: en un Pueblo unido, fuerte, consciente, próspero y feliz. Al decir amor, entendemos el amor a Cristo, su misteriosa caridad, divina y humana; el amor de Dios que trasciende el amor a los hombres .y que, siendo distinto de éste, es su luz y su manantial».

Para no dejar lugar a posibles interrogantes, es importante saber que una canonización constituye la declaración oficial de que una persona fallecida está en el paraíso.

Para eso, dos acciones inexplicables para la ciencia de la intervención de Dios se le atribuyen a la intercesión del futuro santo, uno para la beatificación (salvo que sea mártir) y otro para la canonización, lo cual representan pruebas de su cercanía y confianza con Dios.

Al detenerse y contemplar a estos insignes varones, surge el pensamiento ¡Qué inmenso don es ser Iglesia!

Mucho contenido por hoy, dejemos para los siguientes días…

José Ignacio Ramón

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