El cielo en mi alma: que la Voluntad de Dios sea nuestra

Ahora el Señor te está diciendo: “Es demasiado poco que tú seas mi siervo, te quiero hacer luz de las naciones” (Isaías, 49,6)

Ahora el Señor te está diciendo: “Hijo mío, dame tu corazón, porque Yo quiero darte el Mío”.

Ahora el Señor te está diciendo: “Quiero darte mi Voluntad, para que sea en tí lo que es en Mí”.

Ahora el Señor te está diciendo: “No podría darte nada más grande que mi Voluntad, que es mi Todo, la esencia misma de mi Ser Divino, la Fuente de todos mis Atributos, de mi Amor, de mi Vida, de mis obras, de todo bien y felicidad”.

Ahora el Señor te está diciendo: “Si tú me das tu voluntad, Yo te doy la Mía; para eso he creado la tuya, para que tú tuvieras una pequeña voluntad que poder ofrecerme, para poder dármela a cambio de la Mía”.

Ahora el Señor te está diciendo: “Si te he hecho saber este deseo mío, mi deseo más grande, no es para darte sólo una noticia, sino para hacerte un regalo, el Don de los dones. Si te lo he manifestado es para dartelo”.

Ahora el Señor te está diciendo: “Si tú me dices que sí, Yo te tomo en serio. Tu pequeña voluntad humana es para Mí preciosa, deseo unirla con la Mía, identificarla tanto con la Mía, que no se pueda distinguir una de la otra”.

Ahora el Señor te está diciendo: “Si tú ya no vuelves a dar vida a tu voluntad por tu cuenta, sino que en lugar de la tuya llamas siempre a la Mía, llegará el momento en que sentirás solamente la vida de mi Voluntad y así obrarás de un modo divino, como Dios, como ese verdadero hijo de Dios que eres. Tendrás a tu disposición mi Omnipotencia, mi Sabiduría, mi eterno Amor. Entonces miraré a mi Hijo Jesucristo y te veré a tí, te miraré a tí y veré a Jesús, y así como mirando desde la eternidad su adorable Humanidad te he visto a tí y a todas las criaturas (y en primer lugar he visto en El a su Madre Santísima), así mirandote a tí podré ver en tí todo y a todos e incluso a Mí mismo”.

“Si tú me lo permites –le dice varias veces Jesús a Luisa–, Yo quiero ser en tí Actor y Expectador al mismo tiempo”.

Eso es lo que el Papa Benedicto XVI ha dicho en su primera encíclica “Deus Caritas est” (n. 17):

“El sí de nuestra voluntad a la Voluntad de Dios une inteligencia, voluntad y sentimiento en el acto total del amor. (…) Querer la misma cosa y rechazar la misma cosa, es lo que los antiguos han reconocido como auténtico contenido del amor: es el hacerse uno semejante al otro, es lo que lleva a la comunión del querer y del pensar. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en comunión de pensamiento y de sentimiento, y así, nuestro querer y la Voluntad de Dios coinciden cada vez más: la Voluntad de Dios ya no es para mí una voluntad extraña, que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi misma voluntad, según la experiencia que, de hecho, Dios es para mí más íntimo que yo mismo. Entonces crece el abandono en Dios y Dios se vuelve nuestra alegría”.

Nuestro Señor explica a Luisa lo que significa “vivir en la Divina Voluntad”:

“Hija mía, en mi Voluntad Eterna encontrarás todos mis actos, como también los de mi Madre, que envolvían todos los actos de las criaturas, desde el primero hasta el último que tendrá que existir, como dentro de un manto, del cual, teniendo como dos partes, una de ellas se elevava hasta el Cielo para devolver a mi Padre, con una Voluntad Divina, todo lo que las criaturas Le debían: amor, gloria, reparación y satisfacción; la otra permanecía como defensa y ayuda para las criaturas.

Nadie más ha entrado en mi Voluntad Divina para hacer todo lo que hizo mi Humanidad. Mis Santos han hecho mi Voluntad, pero no han entrado en Ella para hacer todo lo que hace mi Voluntad y recoger como en una sola mirada todos los actos, desde el primer hombre hasta el último, y hacerse actores, expectadores y divinizadores de los mismos. Con hacer mi Voluntad no se llega a hacer todo lo que mi Eterno Querer contiene, sino que desciende limitado a la criatura, en la medida que la criatura puede contenerlo. Sólo quien entra dentro de El se ensancha, se difunde como luz del sol en los eternos vuelos de mi Querer y, encontrando mis actos y los de mi Madre, añade el suyo. Mira en mi Voluntad: ¿acaso hay otros actos de criatura multiplicados en los míos, que llegan hasta el último acto que ha de cumplirse en la tierra? Fíjate bien; no encontrarás ninguno. Eso significa que nadie ha entrado.

Estaba reservado abrir las puertas de mi Eterno Querer sólo a mi pequeña Hija, para unificar sus actos a los míos y a los de mi Madre y hacer que todos nuestros actos fueran triples ante la Suprema Majestad para bien de las criaturas. Ahora, habiendo abierto las puertas, pueden entrar otros, con tal que se dispongan a un bien tan grande”. (6-11-1922).

Hacer la Divina Voluntad no es una novedad; la novedad es que Dios nos está invitando a vivir en su Querer, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en su Querer eterno. La novedad es la Divina Voluntad operante en la criatura y la criatura operante de un modo divino en Ella. La novedad es esta Gracia de las gracias, este Don de los dones: que no sólo hagamos lo que Dios quiere que hagamos, sino que su Voluntad sea nuestra, vida de nuestra vida, para vivir y reinar con Ella y en Ella.

La novedad es un intercambio continuo de voluntad humana y Divina, porque el alma, temiendo de la suya, pide que sea sustituida para cada cosa y a cada momento por la Voluntad misma de Dios, la cual la va colmando de gozos, de amor y de bienes infinitos, devolviéndole la semejanza divina perdida con el pecado y el fin para el que el hombre fue creado por Dios, que era vivir como hijo de Dios, tomando parte en todos sus bienes.

La novedad es que Jesús, mediante el don de su Voluntad a la criatura, forma en ella una vida Suya y una forma de presencia Suya real, de tal modo que esta criatura Le sirve de Humanidad. Lo cual, desde luego, no es mediante una especie de “unión hipostática” (dos naturalezas y una sola persona), sino por unión de dos voluntades, la humana y la Divina, unidas en un solo Querer, que, lógicamente, no puede ser sino el Divino. Esta criatura forma el triunfo de Jesús, es “otro Jesús”, no por naturaleza, sino por gracia, según laspalabras de San Juan: “…Para que, como es El, así seamos también nosotros en este mundo” (1a Jn 4,17).

¿Te resulta realmente denso este contenido?

De seguro ha de ser porque te estás preguntando:

Cómo saber si estoy haciendo la voluntad de Dios

De las muchas personas que he encontrado y encuentro en mi camino, personas que me escriben pidiendo ayuda o cosas por el estilo… el 90% de ellas se hacen este cuestionamiento: “¿cuál es la voluntad de Dios para mí?”, “¿estoy haciendo la voluntad de Dios?”.

Si la pregunta ya es compleja, pensar la respuesta se hace aún más difícil. Porque no es fácil a veces entender cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida cuando estamos rodeados de muchas realidades de sufrimiento, de situaciones difíciles que nos hacen caer cada vez más, y cosas por el estilo…

Para el joven, la ansiedad aumenta aún más, y parece que esta pregunta no calla. Quiere saber cuál es la voluntad de Dios en relación a la persona que necesita para casarse, o si de hecho se casará, si Dios quiere que tenga determinado trabajo, si Dios quiere que viva en comunidad, etc.

Primer consejo que me gustaría darte en relación a este asunto:

No busques a Dios únicamente intentando encontrar en su respuesta, un deseo que tienes dentro de ti. Te pido que leas nuevamente y con calma esta frase, pues creo que en ella ya puede haber muchas de las respuestas que vienes buscando y aún no tienes.

Intentaré ser todavía más claro:

No busques una respuesta de Dios para tu estado de vida -por ejemplo-; eres tú y únicamente tú, quien está preocupado con eso más que Dios.

No busques una respuesta de Dios en relación al sufrimiento que estás viviendo, eres tú y únicamente tú quien está preocupado en librarte del problema, en lugar de aprender de él.

Lo que quiero decir con esto es que no vayas detrás de Dios exigiéndole respuestas para tus deseos, porque tus deseos tal vez no sean la prioridad de lo que Dios quiere para ti ahora.

Entonces, si no debo buscar a Dios para responder a mis deseos, ¿qué tengo que hacer?

Necesitas empezar a buscar a Dios porque en Dios encontrarás las respuestas que necesitas.

Mira que hay una diferencia muy grande entre buscar a Dios con el deseo de que Él responda a tus deseos; y buscar a Dios para que Él te dé las respuestas que necesitas.

Cuando entendemos esta diferencia dejamos de querer “manipular” a Dios y buscarlo sólo por lo que Él puede ofrecernos; y empezaremos a buscarlo por aquello que Dios es. Dios es Dios, y debe ser nuestro único motivo para buscarlo.

Cuando buscamos a Dios de corazón, sin segundas intenciones, sin enmascarar nuestros deseos al buscarlo, empezamos a purificar hasta nuestro modo de relacionarnos con Él.

Ya no necesitaré quedarme buscando respuestas y soluciones para los problemas de mi vida, porque el foco deja de estar en las respuestas que necesito para mi vida, y el foco se centra en Dios y en quién es Él para mí…

Y ahí, hermano y hermana míos, está claro que todos los pasos que necesitarás dar en tu vida serán más fáciles de decidir; los pasos que necesitarás dar se volverán más claros para ti.

Pues una vez que busques a Dios de corazón, una vez que busques a Dios por lo que Él es y no por aquello que te puede dar, tu vida será una vida más llena de Dios…

Y aunque no tengas toda la claridad de tu próximo paso, no te afligirá, pues seguirás caminando en Dios hasta que estos próximos pasos se vuelvan más claros para tomar una decisión…

Y todo eso ¿cómo se concretará?

En la búsqueda de Dios a través de la oración.

Por eso te aconsejo: Reza, reza, reza y reza… No hay otro camino para llegar a Dios sino el camino que está marcado por una vida de oración dedicada y fiel. Mucho más que por la voluntad de rezar, este camino debe estar marcado por la persistencia de la constancia.

Y mi segundo consejo es:

No esperes a tener el deseo de rezar, no quieras llenarte de ganas de rezar, no esperes que sientas tu corazón ansioso por encontrarte con Dios a través de la oración; porque si fuera así yo particularmente no rezaría.

Reza sin ganas. Reza cansado. Reza con preocupaciones en tu cabeza. Reza enfermo. Reza en el trabajo. Reza en el coche. Reza triste. Reza aunque te sientas solo. Reza aunque sientas que Dios no te está oyendo… Reza, reza, reza…

La constancia en tu vida de oración te dará el don de esta vida adherida a la voluntad de Dios.

Espero que estas palabras caigan en tu corazón como un nuevo entendimiento sobre tu relación con Dios, y que el Espíritu Santo te guíe a partir de aquí.

“Aparté mis pasos de todo mal camino, pues quería ser fiel a tu palabra” (Sal 119, 101).

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