Santa Bernadette Soubirous: analfabeta mensajera de la Virgen

“No ha hecho más que llorar. Será mala”. Así dijo alguien después de haber recibido el bautismo la primogénita de nueve hijos del matrimonio formado por Francisco y Luisa. Sus padres eran muy buenas personas y fieles cristianos, luego no tenía visos de cumplimiento aquella mala profecía hecha a causa de los lloros de la pequeña Bernardita.

Bernardita no llamó nunca la atención ni de niña ni de mayor. Crecía un tanto debilucha. Apenas pudo frecuentar la escuela porque debía cuidar de sus hermanitos más pequeños, pues su madre debía atender a otras necesidades de aquel pobre hogar. Vivían en una pobre covacha en la calle Petits-Fossés que los vecinos conocían como “La Mazmorra”.

Sus conocimientos eran pocos y pobres. El día 2 de junio del año de las apariciones la examinó el P. Pomián, su confesor y capellán del hospicio: “Bernardita ¿qué sabes? – El Padre nuestro, Ave María y el Credo. – “Es bastante para rezar el Rosario”. Y a fe que sí lo era, la Virgen ya se le había aparecido y seguiría haciéndolo hasta dieciocho veces mientras las dos juntas rezaban esta corona de Ave Marías…

La Virgen tenía sus planes. Hacía cuatro años que el Papa Pío IX había declarado el dogma de la Inmaculada Concepción de María y como si quisiera el cielo aprobar lo hecho en la tierra la envió a visitarla. Y tomó como instrumento a esta niña aldeana. Era el frío día 11 de febrero de 1858. La despejada niña Juana, de doce añitos, compañera de clases de Toneta, hermana de Bernardita, propuso a la mamá de ésta si les dejaba ir a las tres a recoger un poco de leña para calentarse en aquellos días tan fríos. La buena de Luisa les dio su permiso pero advirtiendo antes a Bernardita que por nada del mundo se mojara los pies, pues ya sabía que enseguida se constipaba…- “Así lo haré, madre, pierda cuidado”.

La Santísima Virgen se le apareció dieciocho veces desde el 11 de Febrero de 1858. La pequeña Bernardita creía ver un fantasma… Reveló el secreto a su hermana y amiguita con la condición de que a nadie lo dijeran, pero ¡cosa de niñas! en cuanto llegaron a casa lo descubrieron. Allí empezó el calvario para la pobre Bernardita: Prohibiciones, castigos, interrogatorios, palizas… burlas de ellas, etc… todo lo soportó con paz y hasta con alegría por la fuerza que recibía de parte de aquella Visión que en la decimosexta aparición se le reveló como lo que era: “Yo soy – dijo – la Inmaculada Concepción”. En otras ocasiones le manifestó lo que deseaba de los sacerdotes y de todos los cristianos: Un templo y mucha reparación con la oración y penitencia. Ella no se hizo el sordo a estos deseos de la Madre del cielo y toda su vida puede decirse que no fue otra cosa que esto: Oración y Penitencia.

Quiso ser religiosa carmelita de clausura y por su poca salud no la admitieron. Abrazó después el Instituto de Nevers en el que fue tratada “como una escoba”. “No sirve para nada. ¿Qué vamos a hacer de ella?”… Se cumplían así a la perfección las palabras que en una aparición le había hecho la Virgen: “No te haré feliz en este mundo, sino en el otro”.

La víspera de Navidad, después de terminar el pesebre, tomó al niño Jesús para colocarlo en su sitio. Se le oyó decir: ¡Qué frío debiste pasar en el portal de Belén, mi Jesusito. Aquella gente no tenía corazón, cuando te negaron hospitalidad; pero yo me siento dichosa de haber arreglado este pesebre para Ti!

Todas las mañanas tenía la costumbre de recomendar al Cristo de la Agonía las almas de las personas que habían de morir ese día.

El rosario era su devoción favorita. Le encantaban las imágenes de la Virgen, por medio de las cuales le manifestaba su amor. Un día Bernardita estaba sola en la enfermería, quitando el polvo de la chimenea. Sor Clara Bordes la miró a través de la rendija de la puerta. Bernardita tomó una estatua de María, le besó los pies y la devolvió a su sitio. Luego quedó inmóvil ante ella, con las manos apoyadas en el borde de la chimenea y la mirada dirigida a la imagen. Permaneció en esta actitud durante cinco minutos.

Un día estaba en la enfermería y le prometió a una enferma que rezaría por ella. Le dijo: “¿Está usted sufriendo? Espere un poco, voy a hacer una visita a mi padre”. “¿A su padre?”. “Sí. ¿No sabe que ahora mi padre es san José?”.

Hacía muchas novenas. Una vez me di cuenta de que, mientras estaba haciendo una novena a la Santísima Virgen se había arrodillado ante una imagen de san José. Le dije. “Estás equivocada. Rezas a la Santísima Virgen y estás de rodillas delante de san José”. Me dijo: “La Santísima Virgen y san José están en perfecto acuerdo y en el cielo no hay envidias”.

¡Cuánto amaba a los sacerdotes! El 4 de octubre de 1878, un muchacho de 17 años, Juan María Febvre, que iba a entrar al Seminario, fue a visitar a su primo, el capellán del convento. La Superiora y el capellán se pusieron de acuerdo para que viera a Bernardita. La Superiora le dijo a Bernardita que estaba paseando despacito: “Hermana, vaya a la pared del fondo del jardín y coja un racimo de uvas para este jovencito que acaba de llegar de un largo viaje”

Él refiere: Mientras me ofrecía las uvas que había cogido para mí, me preguntó:

– ¿Quiere usted ser sacerdote?

– Sí, hermana, si Dios me llama.

– Usted será sacerdote. ¡Qué hermoso es ver a un sacerdote ante el altar!

El Sacerdote ante el altar es el mismo Jesucristo en la cruz. Usted tendrá que trabajar y sufrir. ¡Ánimo!

En ocasiones, cuando tenía mucha sed por la fiebre, decía: “Será una pequeña mortificación que ofreceré por las almas del purgatorio”. Nunca pidió un calmante 133. Sor Marcelina Lannesssans decía: Me gustaba verla rezar. Rezaba como un ángel.

Desempeñó algunos cargos en la Congregación, sobre todo el de enfermera y enferma. Ambos los llevó con una entrega y servicio maravillosos. Todos admiraban su mucha virtud, y, sobre todo, su gran humildad ya que nunca hablaba de sus apariciones y se sentía la última de todas. Bernardita no llamaba la atención por sus cualidades de ningún tipo, por ello alguna superiora llegó a decir: “No entiendo cómo la Virgen se ha fijado en Bernardita cuando las hay más agraciadas que ella en todos los aspectos”…

El miércoles 16 de abril de 1879, siguió con sus sufrimientos. En un momento dado, extendió sus brazos y dirigió la mirada al crucifijo: “Oh, Jesús mío, cuánto te amo”. Después, mirando la imagen de la Virgen, exclamó: “Yo la vi, yo la vi. Qué hermosa era. Cuánto ansío volver a verla”

Casi al final de su agonía exclamó: Dios mío, Dios mío… Tengo sed. Una de las hermanas le ofreció agua y le humedeció los labios. Y en un esfuerzo final, trazó una majestuosa señal de la cruz. Sus últimas palabras fueron: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora… pobre pecadora”.

El 8 de diciembre de 1933 fue canonizada.

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