Bautismo de Jesús por Juan, el Bautista: «¡He aquí el Cordero de Dios! ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?»

Episodios y dictados extraídos de la Obra magna

«El Evangelio como me ha sido revelado»

(«El Hombre-Dios»)

escrito por María Valtorta

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Juan el Bautista anuncia la venida de Jesús.- Bautismo de Jesús en el Jordán (1). Juan testifica que le ha reconocido por el signo.

* Valle del Jordán.- Desierto de Judá.- ■ Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados. Las pocas plantas reunidas aquí o allá en matas —vegetales familias— se encuentran en los sitios en que el suelo es menos ardiente. Tenga Ud. en cuenta que este terreno quemado y baldío está a mi derecha —teniendo yo el norte a mis espaldas— y se prolonga hacia el sur respecto a mí. A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lenta­mente también de norte a sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movi­miento es apenas suficiente para que el agua no se estanque forman­do un pantano. (El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la an­chura del Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante. ■ Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo anotar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino solo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas. ■ Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

* Una emanación de espiritualidad especial permite al Bautista reconocer al “Cordero”.- ■ Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha —respecto a mí— del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente de pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos, por el vestido ornado de ribetes y galones. Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, le reconozco enseguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y Juan «los hijos del trueno»… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos. ■ Mientras le escucho —no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad— veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta. Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud. ■ Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol. ■ Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce, Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos —es el único parecido— son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, vestido sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); la poca barba, negra y rala, que le cubre casi todo el rostro, no impide que se noten sus carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos vivaces; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados descarnados y dejando al descubierto el costado derecho cuya piel está tostada por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos. ■ Juan, después de haberle mirado atentamente con su ojo penetrante, exclama: “He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?”. Jesús responde lleno de paz: “Para cumplir el rito de penitencia”. Juan: “Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a Ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?”. Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: “Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el inicio de otro misterio mucho más alto y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo”. ■ Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica, y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada. Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada. ■ Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo (2) que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor. Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y solo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. (Escrito el 3 de Febrero de 1944).

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1 Nota : Cfr. Mt. 3,1-17; Mc. 1,2-11; Lc. 3,3-17 y 3,21-22. 2 Nota : Signo: La Paloma divina y la voz del Cielo. En Mateo. 3,13-17: “En esto, cuando todo el pueblo estaba bautizándose, habiendo sido también bautizado Jesús y estando en oración, se le abrieron los Cielos y vio bajar al Espíritu de Dios a manera de paloma, y posar sobre Él. Y se oyó una voz del Cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo puesta mi complacencia»”.

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1-45-250 (1-4-274).- “Juan no tenía necesidad de ningún signo ni Yo tampoco tenía necesidad de bautismo”.- El anuncio (Voz del Padre) fue más potente que el angélico en Belén, porque provenía del Padre.

* “Juan Bautista, el Presantificado, poseía esa vista de inteligencia sobrenatural de Adán antes de la Culpa y vio a Dios a través de las apariencias externas”.- ■ Dice Jesús: “Juan, no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su alma, presantificada desde el del vientre de su madre (1), poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que todos los hombres habrían tenido sin el Pecado de Adán. Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad a su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. En el Génesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no temblaba de miedo ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Tal era la suerte del hombre: ver y entender a Dios, justamente como un hijo conoce a su padre. Después vino la Culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada día lo sabe menos. Pero mi primo Juan había quedado limpio de la Culpa cuando la Llena de Gracia se había inclinado amorosamente para abrazar a Isabel que antes había sido estéril pero luego fecunda. El pequeñín saltó de júbilo en su seno, al sentir que de su alma caía la escama de la Culpa, como costra que cae de una herida que sana. ■ El Espíritu Santo, que había hecho a María la Madre del Salvador, empezó su obra de salvación, por medio de María, Copón vivo de la Salvación Encarnada, en este niño que había de nacer destinado a unirse a Mí, no tan sólo por la sangre, sino por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan era «los labios» y Yo «la Palabra». Él, el Precursor en el anuncio del Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi perfección divina, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios. ■ Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero fue necesario debido a la cerrazón de los demás. ¿En qué habría fundado Juan su afirmación, sino sobre una prueba innegable que pudiesen haber percibido los ojos y los oídos tardos de la gente? ■ Tampoco Yo tenía necesidad de Bautismo. Pero la sabiduría del Señor había decretado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a Mí a salir de mi casa, nos juntó en esa hora para abrir sobre Mí los Cielos y descender Él mismo, Paloma Divina, sobre Aquel que habría de bautizar a los hombres con la misma Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico en Belén, porque provenía de mi Padre: «He aquí mi Hijo muy amado en quien me he complacido». Y esto fue para que los hombres no tuviesen excusas o dudas en seguirme o en no seguirme” (Escrito el 4 de Febrero de 1944).

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1 Nota : Cfr. Lc. 1,15 y 41.

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