Santa Elizabeth Ann Seton: DESPRECIADA EN SOCIEDAD POR CONVERTIRSE AL CATOLICISMO

ENCONTRÓ EN LA CARIDAD LA VERDADERA RIQUEZA

Isabel Seton nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el DoctormRichard Bayley y Catalina Charlton, los dos anglicanos piadosos y leales miembros del partido conservador, habían permanecido fieles a Gran Bretaña durante la guerra de la independencia americana (1775-1783). Los antepasados de Isabel fueron de los primeros colonos de la región de Nueva York. Su padre procedía de una acomodada familia francesa hugonote, los condes de “New Rochelle”. Su madre era hija del Doctor Richard Charlton, importante pastor anglicano, de origen anglo-irlandés. Cuando nació Isabel (1774-1821) sus padres llevaban casados cinco años y tenían ya una hija, María Magdalena (1768-1856). La pequeña, Catalina (1777-1778), nació tres años después de su hermana. Se cree que la Señora Bayley murió al dar a luz a Catalina, que murió al año siguiente. El Doctor Bayley se volvió a casar y continuó viajando al extranjero para perfeccionar sus estudios de medicina. Su segunda esposa, Carlota Barclay Bayley (1759-1805) le dio siete hijos que ella prefirió a las hijas mayores procedentes del primer matrimonio. María e Isabel tuvieron que sufrir mucho debido al rechazo de su madrastra.

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Pero, a la vez, iba madurando su inclinación hacia la contemplación. Le gustaba la música y expresaba sus sentimientos tocando el piano. Relata en sus escritos qué feliz se sentía a la orilla del mar, junto a la bahía de Long Island, al contemplar el mar, las conchas, la naturaleza y toda la creación de Dios, mostrando su atractivo por un estilo de vida rural. Muy joven conoció a un joven excelente, William Magee Seton (1768-1803) y se enamoraron. Después de un tiempo de noviazgo, se casaron el 25 de enero de 1794 y lo celebraron en casa de su hermana, María Magdalena, convertida en la Señora Wright Post, en Manhatan. William era un importante negociante en importaciones y exportaciones. Había llevado a cabo su aprendizaje en la firma Filicchi en Liorna, Italia. Isabel, encantada de convertirse en la Señora William Magee Seton, se extasiaba ante su nueva casa: “A los veinte años, tener mi propia casa en este mundo, es el paraíso, es increíble”. El matrimonio de los Seton fue muy feliz y pronto conocieron la dicha de tener cinco hijos: Ana María (1795), William (1796), Richard (1798), Catalina Charlton (1800), Rebeca María (1802). Los Seton vivían en Lower Manhatan; les gustaba el baile y la música, sobre todo el violín y el piano. Vivían en un barrio chic y formaban parte de los notables de la sociedad, participando en la política y en los acontecimientos principales de la época. Eran feligreses de la famosa iglesia episcopaliana de la Santísima Trinidad, muy cerca de donde siglos después estuvieron las torres gemelas y hoy sigue estando la bolsa de Wall Street.La lectura de la Biblia era un ejercicio religioso caro a Isabel Seton, cuyos escritos están repletos de citas que hacen alusión a ella. Isabel y su amiga íntima, Rebeca María Seton, su cuñada, se sentían atraídas por prácticas piadosas e intercambiaban frecuentemente entre ellas. Su piedad las llevaba a participar en todas las actividades de la parroquia, más especialmente en el servicio social a domicilio: la atención a los enfermos de la familia, de amigos o de vecinos necesitados. Isabel fue una de las fundadoras de la caridad organizada, conocida bajo el nombre de Sociedad para la Asistencia de Viudas Pobres con hijos pequeños (1797). Está muy lejos de imaginar entonces que, unos años más tarde, iba a estar ella misma al borde de la miseria.

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Como muchos otros santos, desde sus primeros días, Isabel tuvo que caminar a la sombra de la cruz. Más tarde, plasmó sus sentimientos y sus experiencias espirituales en un diario íntimo. Entre sus primeros recuerdos, relata la muerte de su madre y la de su hermanita, cuenta también que enseñó a rezar a su hermanastra Emma. Isabel habla también de las largas temporadas en que María y ella tuvieron que vivir con otros parientes debido a problemas familiares que al final causaron la disolución del segundo matrimonio de su padre. Médico eminente y cirujano, el Doctor Bayley parecía dedicar más atención a su profesión que a sus hijas mayores.En su adolescencia, Isabel se sentía sola y melancólica. Durante una época, sufrió de una depresión llegando a tener ideas de suicidio. Más tarde, escribe en su diario íntimo su agradecimiento por haber superado la tentación de tomar una sobredosis de láudano, medicamento utilizado entonces como sedante: “A este terrible pensamiento relativo al láudano, siguió la alabanza y la acción de gracias por la indecible alegría de no haber llevado a cabo ‘ese acto horrible’, pensamientos y promesa de gratitud eterna”.

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En 1798, trágicos acontecimientos iban a afectar a los Seton, comenzando por la muerte, como consecuencia de una caída en el hielo, de su suegro a quien quería mucho. El hijo mayor, William Magee, tuvo que hacerse cargo de sus hernanastras y hermanastros pequeños. Isabel y su familia tuvieron que salir temporalmente a la casa de los Seton, donde hizo su primera experiencia en la enseñanza. Sus primeras alumnas fueron sus jóvenes cuñadas Carlota, Harriet y Cecilia. Isabel descubrió así sus dotes para esta tarea y después de la primera semana, escribió: “Ha sido un placer”. Seis semanas después de la muerte del Señor Seton, Isabel tuvo que sufrir un parto excepcionalmente largo y difícil, dando a luz a su tercer hijo, un niño. El Doctor Bayley la asistió y tuvo que hacer la respiración boca a boca para reanimar a su nieto. Como consecuencia de este nacimiento tan penoso, Isabel perdió la vista temporalmente. En ese intervalo, su empresa comercial empezó a tener dificultades financieras. Isabel trató de ayudar a su marido, llevando, por la noche, el libro de cuentas de la sociedad. Pero muy pronto, la familia pasa de la prosperidad a la pobreza: la Compañía Seton-Maitland hizo quiebra y los Seton perdieron su casa. Su socio, su cuñado, acabó en la cárcel como deudor. Los problemas de los Seton se fueron incrementando: William Magee comenzó a presentar signos evidentes de tuberculosis.

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En 1803, en un esfuerzo desesperado para recuperar la salud de William, Isabel se embarcó con su marido y su hija mayor, Ana María, hacia Liorna, Italia, donde el clima es suave. A su llegada al puerto, las autoridades italianas, por temor a la temible fiebre amarilla, que hacía estragos en Nueva York, pusieron a los Seton en cuarentena, durante un mes, en un lazareto de piedra, húmedo, frío y lleno de corrientes. No era un lugar que ofreciese hospitalidad y un mínimo de confort para un enfermo. La pequeña Ana, después de deshacer su maleta, saltaba a la cuerda para calentarse. A pesar de todos los esfuerzos de la familia Filicchi para modificar este aislamiento severo, William Magee murió en Pisa, justo dos semanas después de su liberación del lazareto. Isabel, viuda a los veintinueve años, con cinco hijos pequeños, escribió sus memorias (The Italian Journal), donde relató a su cuñada Rebeca la enfermedad y la muerte de su marido. Escribe: «Martes por la mañana, 27 de diciembre [18031, su alma fue liberada, como lo fue la mía de la lucha ante la cercanía de la muerte».

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La vida de Isabel y de su hija, a quien ahora llama Anita, cambiará para siempre. La familia Filicchi recibe en su casa a la joven viuda y a su hija, saliendo al paso de sus necesidades con una hospitalidad delicada, hasta que, en la primavera, obienen la autorización para volver a los Estados Unidos. Los Filicchi les presentan a la Iglesia Católica Romana a través de la herencia religiosa y cultural de Italia. Isabel comienza a plantearse interrogantes respecto a las prácticas católicas, primero por ignorancia, después por curiosidad. Entre los aspectos más significativos del catolicismo romano que impresionaron a Isabel y la llevaron a su conversión, están la Fe en la presencia real en la Eucaristía, la devoción a María, Madre de Dios y las prácticas litúrgicas como la asistencia frecuente a la Misa, recibir la sagrada comunión, las procesiones eucarísticas y otras devociones.

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A su regreso a Nueva York en la primavera siguiente. Isabel tuvo que luchar mucho debido a su atracción hacia el catolicismo romano. Justo dos semanas después de su regreso, su cuñada Rebeca muere de tuberculosis. Soportando este dolor, Isabel tuvo que hacer frente, sola, a la precaria situación financiera para sacar adelante a sus cinco hijos de edades comprendidas entre uno y ocho años. Le costaba depender de su familia y de sus amigos y por ello hace todo lo posible para satisfacer por sí misma sus necesidades. Las circunstancias la forzaron a cambiar con frecuencia de casa con sus hijos, hacia viviendas más baratas. Lo que agravó sus problemas fue el verse atormentada por la pregunta que se hacía y que no había resuelto: “¿Estoy en la auténtica Iglesia procedente de la sucesión de los apóstoles? ” Durante aquellos meses de discernimiento, mientras se debatía con esta incertidumbre desgarradora, la señora Seton tuvo igualmente que sufrir por la oposición de su propia familia y de sus amigos, así como de la cólera desagradable de su director espiritual episcopaliano, el Rvdo. Henry Hobart. Ella y sus hijos tuvieron que sufrir el aislamiento social y familiar.

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Poniendo su confianza en Dios, Isabel tomó una decisión al comienzo de la cuaresma de 1805 y escribió: “Mi alma ha ofrecido en sacrificio todas sus vacilaciones y reticencias, el 14 de marzo, durante la Santa Misa».. Tenía 31 años. Confió a los Filicchi que había hecho su profesión de fe (Un día, entre los días extraordinarios para mí… en la iglesia de San Pedro… He dicho: ‘Heme aquí, vengo ante Ti, Dios mío, mi corazón es todo tuyo. Fue un día de paz, de gozo con mis hijos y un acuerdo de mi corazón con Dios».

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El año 1805 fue un año de gracia. Entre los momentos importantes podemos citar no solamente su profesión de Fe, sino también, dos semanas más tarde, el 25 de marzo, su Primera Comunión. Durante el verano siguiente, cuidó a su madrastra moribunda y esto fue la ocasión para su reconciliación. Al año siguiente, John Carroll (17351815), primer obispo de los Estados Unidos, se encontraba en Nueva York y confirmó a Isabel el 25 de mayo, domingo de Pentecostés. En esta ocasión, Isabel añadió a sus nombres Isabel y Ana el de María, ya que presentaban -decía ella- las tres ideas más preciosas en el mundo que le recordaban los momentos del Misterio de la Salvación.

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Este periodo (1805-1808) fue un tiempo de luchas dolorosas, de decepciones y de fracasos para Isabel. Hubiera querido abrir una escuela, pero los padres no querían confiarle sus hijos. Incluso su antiguo pastor la criticaba públicamente y disuadía a sus fieles de que apoyaran sus esfuerzos. Esto fue una frustración para Isabel, quien escribía a los Filicchi. «No saben qué hacer de mí, pero Dios lo sabe y nosotros lo sabremos cuando llegue su momento de gracia “. Isabel obtuvo un puesto como docente por un corto tiempo en la escuela dirigida por los señores Patrick White, pero esto terminó bruscamente cuando los White se encontraron con dificultades financieras. Después fue directora de un internado de muchachos que iban a la escuela del Rev. William Harris, de la iglesia episcopaliana de San Marcos. De nuevo, encontró problemas con varias familias que retiraron a sus hijos.

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Sacerdotes sulpicianos franceses llegados a los Estados Unidos para huir de la Revolución francesa, deseaban establecer un programa de educación para las jóvenes en Baltimore, Maryland. El Rvdo. P. Luis William V. Dubourg, S.S. (1766-1853) encontró providencialmente a Isabel en una visita que hizo a Nueva York para recoger fondos en favor del Colegio Santa María. Después de haber oído su historia, invitó a la Señora Seton, con el apoyo de Jonh Carroll, a que fuera al estado de Maryland donde, le aseguró, los Sulpicianos le ayudarían a “formar un proyecto de vida indicándole que tenían también la intención de establecer “una escuelita para la promoción de la educación religiosa”.

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Llegada a Baltimore a mediados de junio de 1808, Isabel pasó su primer año en Maryland como maestra en un pequeño internado escolar para niñas, situado cerca del Colegio y del Seminario Santa María, dirigidos por los Sulpicianos en las afueras de la ciudad. Fue para ella un año de transición, durante el cual tomó conciencia de la misión que Dios le reservaba. Al mismo tiempo que su “proyecto de vida” se iba desarrollando, se iba precisando la comprensión de su misión según expresó a un amigo: “Los Padres del Seminario (los Sulpicianos) preven que no faltarán señoras deseosas de reunirse para formar una institución permanente. Pero, ¿qué puedo hacer yo, criatura tan pobre en recursos? Debo confiarlo todo a la Providenciadivina”. Los Sulpicianos reclutaron activamente a seis candidatas entre sus dirigidas en Nueva York, Filadelfia y Baltimore y se las confiaron a Isabel para la formación. Cecilia O’Conway (1788-1865) fue la primera candidata que se presentó para la nueva comunidad, a cuyas Hermanas se llamó momentáneamente “Hermanas de San José” (y más tarde, “Hermanas de la Caridad de San José”). El 31 de diciembre de 1809, trece candidatas se habían unido a la Comunidad naciente Los Sulpicianos tuvieron la responsabilidad de poner los cimientos sobre los que se construyó el camino de la comunidad naciente. Isabel escribió a Filippo Filicchi para informarle de la oferta que le había hecho un nuevo convertido, rico, ahora seminarista, Samuel Sutherland Cooper (17691843), de financiar el establecimiento de las Hermanas de la Caridad. Su plan comprendía: “el establecimiento de una institución para la formación de niñas católicas en la práctica de la religión, dándoles con ese fin una educación conveniente…, con la idea de extender el proyecto a la acogida de personas ancianas y de personas sin instrucción que pudieran dedicarse a hilar, hacer punto, etc., para fundar una empresa a pequeña escala que pudiera ser beneficiosa para los pobres”.

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Otro consejero de la Señora Seton le había sugerido antes algo semejante, pero ella “lo había dejado en segundo plano, evitando incluso reflexionar sobre un tema de este tipo, sabiendo que solamente Dios Todopoderoso podía hacerlo efectivo si lo consideraba verdaderamente realizable”. A pesar de la gran extrañeza del obispo Carroll de Baltimore y de los Sulpicianos, Cooper estipuló proféticamente que la fundación se haría cerca de Emmitsburgo en el estado de Maryland, «un pueblo situado a dieciocho leguas de Baltimore, y que de allí se extendería por los Estados Unidos». Isabel pasó un año en Baltimore. Antes de su conversión, los Filicchi, amigos del obispo Carroll, la habían presentado a este amable prelado. En su presencia pronunció sus primeros votos por un año el 25 de marzo de 1809. En ese momento, él le confirió el título de “Madre” y después se la llamaba Madre Seton. Dos días antes, ella escribía a su querida amiga Julia Sitegreaves Scott: «¡Qué decir de la alegría de mi alma ante la perspectiva de poder ayudar a los pobres, visitar a los enfermos, consolar a los afligidos, vestir a los pequeños inocentes y enseñarles a amar a Dios!”

En junio de este mismo año, Madre Seton dejó Baltimore para ir a un valle de los Montes Catoctin. El valle de San José, cerca de Emmitsburgo, se convirtió en el lugar de la fundación de las Hermanas de la Caridad de San José, el 31 de julio de 1809, en la fiesta de San Ignacio de Loyola, patrón de las misiones del Maryland. Allí fue donde la pequeña Comunidad comenzó a vivir en la antigua granja Fleming, comunmente llamada la “Casa de Piedra”, donde estuvieron desde julio de 1809 a mediados de febrero de 1810, fecha en que pasaron a la nueva “casa en el campo”, Casa San José, que después se llamó la “Casa Blanca”, donde las Hermanas comenzaron su misión de educación. Las primeras candidatas de la nueva comunidad llegaron muy pronto: Sally y Elena Thompson de Emmitsburgo se unieron a otras procedentes de Baltimore. La Divina Providencia guió en sus comienzos a la pequeña comunidad a través de un laberinto de pruebas, lo que llevó a Madre Seton a escribir: “Todo aquí está otra vez estancado y estoy preparándome para poder comenzar de nuevo como cuando lo hice con mis pobres Anita, Josefina y Rebeca. Tenemos motivos para creer, dados los acontecimientos recientes, que nuestra situación está más insegura que nunca».

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Animada por una Fe inquebrantable, Madre Seton permanecía firme a pesar de las dificultades y de los retos que le presentaban las cruces que Dios le enviaba. Madre Seton confesaba: «He tenido más aflicciones y penas durante estos diez últimos meses que durante los treinta y cinco años de mi vida, marcados todos ellos por el sufrimiento”. En el momento de su fundación, las Hermanas de la Caridad adoptaron un Reglamento (una primera regla) que organizó su manera de vivir, y esto desde el 31 de julio de 1809 hasta enero de 1812. Las Hermanas eligieron a Isabel como primera Madre de las Hermanas de Caridad de San José cargo que ocupó hasta su muerte en 1821, a la edad de 46 años. Los Sulpicianos, que habían ideado y fundado la comunidad, siguieron participando en el gobierno hasta 1849.

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19 años después de su muerte, el 28 de febrero de 1940: el Papa Pío XII firmó el decreto de introducción de la causa, primer documento de la Santa Sede, redactado en inglés. Dieciséis años más tarde, el Papa Juan XXIII la declaró Venerable y el 17 de marzo de 1963: el Papa Juan XXIII presidió la ceremonia de su beatificación. El 14 de septiembre de 1975, el Papa Pablo VI canonizó a Madre Seton, primera santa de los Estados Unidos.

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Fuente: Temas de Historia de la Iglesia – http://www.historiadelaiglesia.org

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