Quieres saber qué meditaron los jóvenes en el Vía Crucis de la JMJ?

El background de esta jornada en la Visita del Papa Francisco a Polonia fue la Vía de la Cruz, y con dos hechos patentes es suficiente: Polonia, un país que resurge del comunismo y el subsecuente holocausto en Auschwitz.

En la meditación del Vía Crucis vienen palabras que señalan este camino: rechazo, no acogida, extranjero. “No lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén” (Lc 9, 53).

Pero, por qué se niega la acogida? Especialmente cuando se encuentran estas actitudes en las personas de quienes menos se puede esperar verlos convertidos en los propios enemigos?

Muchos hoy buscan salvar su vida, están amenazados de muerte por diversas causas, e incluso “vemos en ellos a enemigos” dice el texto de la primera estación del Vía Crucis de la JMJ. Y Jesús contesta a esta situación “No tengo dónde recostar la cabeza. Nací en un establo y nadie me recibió en una posada”.

Es hora de responder: Ábrenos los ojos! Déjanos conocerte! En los desconocidos que encontramos, en nuestro camino, a nuestro lado, en las personas sin hogar que duermen en las estaciones, en las entradas de las casas. Tú vives en cada uno de ellos y reinas como un necesitado.

Más aún preguntas: Cuántos panes tienen? (Mc 6, 38). La cultura moderna sugiere que para poder brindar apoyo, para enfrentar la cruz del hambre de nuestros hermanos, necesitamos tener. Nunca pregunta el Señor por lo que no tenemos, sino con lo que contamos. Y lo más importante es que pregunta si lo compartiremos.

De dónde viene él hambre? No viene de la falta de pan sino de la falta de solidaridad. En el mundo no faltarán los pobres, dijo Jesús, por tanto Su Providencia no permitirá que falte el pan. Se desperdicia un tercio de la comida producida en el planeta. Al mismo tiempo un niño muere de hambre cada 6 segundos y casi un billón de personas no saben qué van a comer mañana.

En la búsqueda de solucionar el hambre, también debe haber una preocupación por brindar el Pan de Vida, incluyendo brindar la esencialidad de lo que se necesita para vivir.

Cuando no hay madurez humana para comprender lo necesario, hay la posibilidad de caer, errar, de sentir el desánimo por el fracaso de la caída. “Viendo tu caída Jesús, pienso en las mías, en los pecados graves que me han derribado al suelo. Sólo el recuerdo de ellos me deja sin defensas. No sé llegar con mis propias fuerzas. Estoy más paralizado que aquel enfermo paralítico” (…) y al dirigirme la palabra “No comienzas por los pecados. Me llamas <hijo>, aunque yo mismo piense que no estoy capacitado para semejante honor: ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Pero tú dices: “jornalero? No! Nunca! Aquí está tu anillo, sandalias y ropa!”.

A veces para seguir adelante, hemos olvidado la propia dignidad, “por esa razón me levantas del suelo, porque valgo mucho y “no me perdonas 7, ni 77 sino 777 millones de veces. No te cansas de perdonarme”. Que no me canse de decir la verdad, porque ceder a la mentira y vergüenza significa perder la claridad de la belleza que pueden contemplar unos ojos limpios.

La mirada que se empaña cuando no hay encuentro con el corazón del otro, empañada porque no puedo reconocer la tristeza en el otro y paso como indiferente. Tú Jesús, el primero en caer y el primero en levantarme. Tú el primero en escucharme. Me enseñas a no hundirme y aprender también el valor de la escucha.

Pero a veces tienen que obligarnos como a Simón de Cirene, obligado a llevar la Cruz de Jesús. Cuantas veces tendrán que obligarnos a hacer el bien? “Cuantas veces Señor me diste la mano y me levantaste, de enfermedades mucho más graves que una fiebre: del egoísmo, de la pereza, de la omisión, de la falta de fe en mí mismo?”

Me enseñas, oh Jesús, que brindar confianza es tender la mano, es decirle al otro: nada está perdido. Puedo quedar indiferente viéndote sangrar en el prójimo no propiciando el encuentro? A pesar de que mi rostro pueda estar desfigurado por las drogas, el alcohol, la pornografía, la emotividad, el riesgo, el ordenador, el móvil, el dinero y la comodidad, siempre sigues viendo el diseño original de Dios Padre en mi vida: la cara de hijo de Dios. Me lavas el rostro haciéndome describir que sigo siendo hijo y que debo mirar más allá de mí mismo y a los demás más allá de cualquier mirada que los categorice y encaje en un estereotipo.

La abundancia del amor, que es el perdón, me libera para liberar no importando la deuda e incluso las promesas no cumplidas, sin advertencias, sin necesidad de que nos lo pidan, o con voluntad de castigar a quienes nos han causado daño.

Y con estas enseñanzas nos develas el camino de la sabiduría, Divino Maestro. Y así nos sacas de las incertidumbres, ya no me escandalizo porque superar la caída, el pecado, se precisa de fuerza, la fuerza de la Misericordia.

Me he desnudado de mi dignidad con el pecado y tú desnudas mi humanidad de la miseria en que nos hemos sumido y de nuevo me vistes de dignidad con tu Resurrección, y todo esto a fuerza de paciencia “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y así, en la situación más oscura de mi vida, quitas de mi vista el mal y el dolor que me puedan causar mis enemigos sino te pones frente a mí y qué mayor consuelo. “Pones tu dedo en nuestros labios cuando queremos estallar con amargura y pretensión; agresiones y quejas. Me enseñas a rezar por el enemigo yendo tú mismo a ponerte en sus manos como Cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, calmando así la sed de venganza. No sólo quitándote los vestidos sino quitándote cruelmente la propia carne, Tú eres el primero en vestir al desnudo! Me revistes de Nueva Humanidad, que Tu paciencia me invada cuando no sepa soportar los defectos de mi prójimo, más aún haz que cuando señale sus defectos, sea valiente en reconocer que probablemente esté reflejando en este señalamiento mis propios vacíos, mediocridades y carencias.

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