Beato Romero: Martirio que abre paso a la Esperanza

San Salvador (MMI).- Jesucristo, el Divino Salvador del mundo entroniza a Monseñor Óscar Romero como nuevo miembro en el coro de los santos y mártires al ser beatificado por Mons. Angelo Amato en nombre de Su Santidad Francisco, en la espléndida e histórica mañana del pasado 23 de mayo (hace dos meses), que contó con la presencia de casi 800 mil fieles de los cinco continentes, y nueve anónimos Jefes de Estado.

El salvadoreño más universal llega a los altares a 35 años de su partida a la eternidad, en un acontecimiento histórico donde nunca antes una beatificación había contado con tantos jefes de Estado presentes, con manifestaciones de la Organización de Estados Americanos (OEA), y hasta la asistencia del hijo de quien fuera el autor intelectual del magnicidio, el ex mayor general salvadoreño, Roberto D’Aubuisson, también fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). Sin dejar de contar el centenar de periodistas, reporteros gráficos que llegaron a ser 3000.

Y aunque ya para muchos era llamado San Romero de América, Su Santidad Francisco ha querido destacar de entre la manipulación de un testimonio de Evangelio viviente, un hombre cuya existencia ha sido incomprendida por los dotes tan peculiares que distinguían la eximia personalidad del hijo de Guadalupe Galdamez y Santos Romero. No sólo llamó la atención por su dedicación al estudio e inteligencia para aprender en poco tiempo francés, italiano, alemán y la infaltable lengua madre, el Latín; sino que siendo tan versado sabía llegar al corazón de todos.

Una espiritualidad tan genuina se forjó con oración, disciplina, estudio constante de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Se levantaba a las cuatro de la mañana y salía al corredor para unirse a la Iglesia Orante con la Liturgia de las Horas llamada antes del Vaticano II: ‘Breviario’; celebraba la Misa a las seis, y al terminar el desayuno iba a una Iglesia vecina donde podía tocar piano. A las 8 ya estaba disponible para atender los asuntos de la Diócesis, pues siendo sacerdote recibió la misión de atender todos los asuntos de importancia que le llevaron a ser nombrado obispo auxiliar de Monseñor Luis Chávez, de quien se hizo gran amigo y compartía su forma de ver los problemas sociales del país: una Iglesia que siente lo que padecen sus hijos. Por la tarde se dedicaba a visitar enfermos y ancianos. Nuevamente a las seis de la tarde celebraba la Santa Misa para recogerse en su casa, donde vivía con otros seminaristas, y finalizaban el día recitando el Santo Rosario.

En la historia de la Iglesia, sólo con sacrificio se ha podido extender el Evangelio que busca saciar la insaciable sed de almas de Jesucristo. Para apagar esa sed, Monseñor Romero no dudó en afianzar a los movimientos de apostolado: Legión de María, Caballeros de Cristo, Cursillos de Cristiandad, Alcohólicos Anónimos y Cáritas de la que recientemente Su Santidad Francisco le ha declarado Patrono. Su fidelidad a la Cruz y a la Iglesia que nace del Costado abierto de Jesús tenía una línea definida al defender y divulgar los criterios señalados en el Concilio Vaticano II y el Documento del Episcopado Latinoamericano firmado en Medellín, demarcando su opción por los pobres versus la llamada teología de la liberación, con una única motivación: “construir una Iglesia fiel al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia”. Es en esta Conferencia de Medellín a partir de la cual se empieza a hablar más de comunidades eclesiales de base.

Su ministerio episcopal adoptó el lema “Sentir con la Iglesia”. En su fidelidad al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia, fue calumniado como revolucionario marxista, pasando a ser amenazado de muerte, pese a esto reafirmó su convicción profunda de nunca abandonar al pueblo que el Señor le había confiado. Tenía una hermosa frase “Oren por mí, porque quiero ser fiel a este compromiso. No abandonaré a mi pueblo”.

La muerte de su amigo, el padre Rutilio Grande lo marcó. Algunos hablan que verdaderamente Monseñor mostró quién era Óscar Arnulfo Romero. Se convirtió en la voz del pueblo para las autoridades y la misma Iglesia, pero la esperanza de Dios para el pueblo. Comenta el padre Pedro Declercq que “al ser nombrado arzobispo, quienes lo recibieron fueron el ejército y la oligarquía”, cuestión que ya le empezaba a interpelar: ‘con quién estoy?’. “Si él se iba del país en aquellos momentos difíciles, se convierte en nada: se convierte en uno que ha hecho pura bulla para luego huir. En lo personal, quizás yo me hubiera ido, quizá la mayoría de nosotros nos hubiéramos dicho: ‘voy a salvar el pellejo y me voy’. Pero él estaba compenetrado de que era la voz de Dios y la esperanza del pueblo que no puede abandonarlo”, agrega el padre Declercq.

Tres resoluciones tomó Monseñor Romero con la muerte de Rutilio Grande: primero, la Misa única, donde el pueblo y el clero asistieron en pleno para que la gente supiera lo que había pasado. Segundo, cerró los colegios católicos para que la comunidad estudiantil, padres de familia, docentes, religiosos, estudiantes, reflexionaran sobre lo que pasaba. Tercero, se negó a ir a los actos oficiales como señal de ruptura con el gobierno, separado de los poderes, y a partir de entonces ya no tuvo más apoyo para la construcción de la Catedral.

Cuenta su hermano Gaspar que Monseñor Romero venía recibiendo amenazas anónimas mal escritas, a las cuales no les hacía caso. “La ultima vez que yo lo vi, fue el viernes 21 de marzo de 1980, ya anocheciendo. Porque a él lo mataron un lunes. Pues ese viernes me llegó un anónimo a la casa y me llamó la atención que aquel no era de los anónimos corrientes, a lápiz o lapicero, estaba bien escrito, en papel fino, en sobre y hasta perfumado. Decía: ‘Dígale a su hermano que no pasan 72 horas sin que lo secuestremos, y ni usted ni nadie va a saber dónde está’. A esa hora como a las ocho de la noche me fui al hospital de la Divina Providencia, donde él vivía. Me dijo: ‘Y qué andás haciendo?’. Le conté todo y me respondió: ‘Ah, no! Dejá de hacerle caso a esos papeles sucios’, ‘pero mira que es distinto’ le aseveré. Me dijo: ‘yo ya sé que me van a matar, porque el Santo Papa me mandó un aviso con el Nuncio de Costa Rica, que de parte del Papa, él tenía la noticia de que me iban a matar; y me venía a advertir para irme trasladado a otro país, unas vacaciones de seis meses. Pero yo le respondí: ‘Dígale al Santo Padre que le agradezco mucho, y aquí me quedo con mis pobres, hasta las últimas consecuencias’.”

Aparentemente pudo más la violencia y el odio de sus detractores, quienes rechazando la Voz de Dios en su mensaje de conversión y diálogo para solucionar los problemas que afligían al pueblo, arremetieron contra él el lunes 24 de marzo de 1980, cuando celebraba la Santa Misa en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia en San Salvador, “en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo Sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas” expresó en la carta enviada Su Santidad Francisco.

Aunque a su asesinato le siguió otro martirio el día de su funeral: miles de feligreses asistentes al sepelio fueron masacrados por los fusiles automáticos de hombres impostados en los edificios de los alrededores, sin importarles niños, ancianos y autoridades eclesiásticas extranjeras que asistían a despedirse del mártir, agrega Manlio Argueta profundizando sobre la figura de Romero.

El beato y mártir Óscar sentía estremecer su alma al leer el Documento de Medellín, del que se puede leer un extracto que le inspiraba en labor apostólica: “nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da ‘el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas'” (n. 6). Sus convicciones estaban cimentadas en su amor al Dios vivo y cercano, el Divino Salvador del mundo, desarrollando una especial predilección por la festividad de la Transfiguración, que se celebra el 6 de agosto. Firmaba sus cartas pastorales en esa celebración.

El pensamiento del mártir Romero estuvo marcado por los crudos acontecimientos que presenció: los efectos de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la Segunda, volviendo de Roma para promover la Cultura del Encuentro.mons romero

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