Venezuela: crónica de una libertad mutilada

Se cumplen en febrero ya 23 años en que el difunto teniente coronel Chávez intentara su maniobrado golpe de estado al ex-presidente Carlos Andrés Pérez. Desde entonces en la universidad y en la sociedad, los grandes pensadores y analistas del momento vaticinaron las oscuras intenciones de un hombre que no teniendo horizonte propio, tomó cual sabueso callejero las órdenes de un amo que le propinó su silenciosa y enigmática muerte a finales de 2013.

¿Qué le puede decir esto a un venezolano de a pie? Lamentablemente el olvido de la propia tierra a causa del confort dado en los pasados 40 años por el oro negro, convirtió a Venezuela en el país más codiciado del mundo, comportándose cual adolescente que no hizo caso del previo aviso del intelectual contemporáneo Arturo Uslar Pietri: “sembremos el petróleo”, siendo la oportunidad de muchos inmigrantes europeos exiliados por la vorágine de la atmósfera bélica, que encontraron su edén de primavera eterna y por fin hacer su progreso realidad. Es verdad que gracias a ellos, ingenio más recursos fue la ocasión de transitar un agigantado desarrollo de las ciudades campesinas en mini cosmopolitas metrópolis.

Entonces, aparte de aprender a invertir con visión a largo plazo, el venezolano sufrió el peor Alzheimer de su historia: no haber aprendido de las caducas dictaduras y hegemonías ideológicas, como también de los zamuros “Castro”, quienes me impresionaron al saber que previo a Venezuela, hicieron el mismo proceso de succión de recursos a Rusia y Angola.

La eterna primavera de la Arabia Saudita americana se fue convirtiendo en campos elíseos un 4F, acontecimiento sin precedentes que va de la mano con el “Caracazo” y el “Viernes negro”. Pero el mayor shock, tratando de releer la historia de una país que no tiene quién lo bien gobierne, es apreciar el obtuso liderazgo de quienes propiciaron la democracia al no propiciar un relevo que exponencialmente mejorara los prospectos de desarrollo en el tiempo. Craso error… que en un abrir y cerrar de ojos abrió paso a la sutil marea roja de comunismo disfrazado de socialismo, sin encontrar oposición genuina pues en fin, en su gran mayoría, a los políticos de hoy se les puede aplicar el muy conocido refrán “por la plata baila el perro”.

¿Será que todo está perdido?

El cuerpo del difunto Chávez somatizó la metástasis de la enferma democracia de Venezuela y la pestilencia de todo cuanto dice Maduro es señal de una esquizofrenia y paranoia irreversible en la cual muchos por apelar a la razón y al buen juicio, hemos sido privados de libertad de expresión para desenvolvernos, crecer y desarrolarse, mientras otros cuales zombies caminan con el chip pseudoideológico pese a no encontrar absolutamente nada en los anaqueles, pese al toparse en los clasificados de los poquísimos periódicos que circulan la oportunidad de crecer como personal de mantenimiento u obrero teniendo un pergamino de profesional bajo el brazo. Sin dejar de mencionar el baño de sangre en que está sumido el país por la impunidad de más de 200.000 venezolanos caídos desde el año 1999 en que comenzó nuestra pesadilla.

Lo más triste de todo es comprobar fehacientemente en la autopsia de un país mutilado, que ya su deceso estaba anunciado reiteradamente en la consigna “patria, socialismo y muerte… venceremos!”.

Aun así, ahora más que nunca, los mismos venezolanos hemos de asumir una gran herencia: la gallardía de nuestros antepasados, que hace un bicentenario, empuñando la espada con el filo de la libertad, endureciendo la cerviz con espíritu dispuesto a dar un vuelco a su propia historia. Entonces, ¿Qué estamos esperando para actuar? Estemos donde estemos, definitivamente nos duele que la libertad, a 200 años de la independencia de Venezuela, esté siendo mutilada, por lo que es imperdonable que cada uno se deje arropar por la anomia ante el secuestro de, como claramente expone el acta del 5 de julio 1811, nuestra “honrosa dignidad de ciudadanos libres”.

Calan muy bien las palabras del Santo Padre Benedicto XVI en 2005 al recibir las credenciales del embajador Iván Guillermo Rincón:

“. La tierra venezolana ha sido dotada pródigamente por el Creador de recursos naturales, lo cual conlleva la responsabilidad de custodiar y cultivar los dones recibidos (cf. Gn 2, 15) para que todos sus moradores tengan la posibilidad de llevar una vida acorde con la dignidad que corresponde al ser humano.

En esta tarea nadie puede sentirse eximido de colaborar activamente, especialmente ante el fenómeno de la pobreza o marginación social. La constante labor de la Iglesia en Venezuela, realizada a veces con precariedad de recursos humanos y materiales, se ha concretado en numerosas actividades de promoción humana en favor de la vida desde su concepción y de la familia, así como en proyectos asistenciales para consolidar instituciones básicas de la sociedad como la educación, la asistencia médica y las estructuras de beneficencia, tanto en el medio urbano, con una apreciable acción entre los más pobres, como en las zonas más apartadas de la geografía nacional, entre las poblaciones indígenas.

Por ello la acción educativa y de asistencia social de la Iglesia sigue aportando beneficios a toda la sociedad. Esto es particularmente evidente en el caso de las escuelas católicas, que siempre han prestado y siguen prestando una enorme contribución a la educación de los niños y jóvenes venezolanos, inspirándose en los valores humanos y espirituales según el deseo y libre opción de sus padres, que son los primeros educadores de sus hijos y a quienes los ampara el derecho natural y legal de escoger la forma de educación que ellos desean para los mismos.

En este sentido, soy consciente de la importancia que dan las Autoridades públicas venezolanas a estos aspectos, vitales para el desarrollo armónico del País, a través de los diversos programas de alfabetización, educación o atención sanitaria. Se trata de actividades que requieren una contribución generosa y concertada por parte de todos los ciudadanos y de las diversas instituciones, haciendo crecer unas actitudes generalizadas de solidaridad que, junto con un orden social justo y equilibrado, sea la mejor garantía para que se alcancen resultados duraderos y no terminen siendo iniciativas parciales o fugaces. Para ello es imprescindible el diálogo leal y respetuoso entre todas las partes sociales, como medio para un consenso sobre los aspectos que conciernen al bien común”.

José Ignacio Ramón

Director-Editor

María Madre de la Iglesia

mariamadreiglesia@gmail.com

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