Sermón del Monte: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos

Jesús sentado sobre el césped en un montecito. Una muchedumbre inmensa escucha su predicación.

Las circunstancias en que predicó Jesús el sermón del monte son trascendentales en la vida pública de Jesús.

Fue en los momentos en que acababa de escoger los doce apóstoles, futuras columnas de la Iglesia.

Jesucristo vino a la tierra a fundar el reino de Dios, es decir, el reino Celeste, regnum coelorum, o lo que es lo mismo, el reino del Espíritu. Y una vez que Jesús ha elegido a sus predicadores, les expone la naturaleza de ese reino opuesto al reino del mundo, del demonio y de la carne. En el sermón del monte se asientan los grandes principios del Cristianismo. la forma que le dió está muy lejos de ser la del discurso clásico. Jesús expone las verdades más profundas, más trascendentales sin esfuerzo ninguno intelectual, sin admiración de sí mismo, como si fuera leyendo lo que tiene dentro del alma. Con ser profundo, es al mismo tiempo sencillo y transparente. No habla solamente para personas intelectuales; habla para todas las gentes. Hasta los rudos y analfabetos comprenderán sus palabras.

Algunas de las circunstancias magníficas para exponer claramente su programa; el programaa del reino que venía a fundar en la tierra:

Jesús se sentó sobre el césped.

Después levantó los ojos al cielo.

El reino que va a fundar era celestial.

Del cielo venía la doctrina que iba a predicar.

Después de mirar al cielo miró a sus discípulos, a la muchedumbre, que clavados en él los ojos parecían suplicarle: háblanos tú y que no nos hable ninguno de los profetas.

I.- Refinamiento de los ricos.- Jesucristo vino a fundar un reino celestial, un reino del espíritu en todo contrario al reino del mundo y de la carne.

Los principios en que se apoyan uno y otro son diametralmente opuestos. Por eso es necesario conocer los principios del reino del mundo para comprender los del reino de Jesucristo. En el fondo negro del reino del mundo y de la carne resaltará la blancura del reino de los cielos y del espíritu. El reino del mundo y de la carne ha existido en todos los tiempos. Existió en la fantástica Babilonia y en la culta Atenas y en la poderosa Roma, y existe hoy en todas las naciones del mundo civilizado y no civilizado.

Sus principios básicos son:

* Dichosos los ricos

* Dichosos los que gozan

* Dichosos los que escalan las cumbres del poder

En tiempo de Jesucristo ese reino del mundo y de la carne llegó a su mayor apogeo en el imperio romano.

Ese imperio eran todas las tierras y todos los mares conocidos. Roma es la ciudad que sobresale y domina a todas las demás: Atenas, Antioquía, Alejandría, Jerusalén.

Roma es el corazón del mundo. Las arterias de las calzadas romanas unen todas las provincias con la capital del imperio.

Por esas calzadas confluyen en la ciudad las riquezas de todo el mundo: los perfumes y los tejidos de oriente; los mejores pescados de los ríos y de los mares, la caza más fina de los bosques; los vinos más exquisitos, las frutas más sabrosas de la tierra, los metales más preciosos de las minas, y con todas estas riquezas verdaderos rebaños de prisioneros condenados a la esclavitud.

Toda la riqueza del mundo al servicio de unos pocos.

Lucano en su Farsalia ha sintetizado el orden social del imperio: “Todo el género humano vive al servicio de unos pocos”. Esos pocos no eran todos los habitantes de Roma, eran unos cuantos afortunados de la ciudad.

Roma en tiempo de Jesucristo tenía aproximadamente un millón de habitantes.

De ellos, una tercera parte, más de 300.000 eran esclavos. La mitad de los habitantes, medio millón eran gente humilde: proletarios, mercenarios, libertos.

Menos de 200.000 eran los mimados de la fortuna. Y entre ellos, unos cuantos nada más, vivían en moradas suntuosas, en palacios de mármol con jardines de surtidores de pórfiro, vestían de púrpura y de sedas traídas de Asia, se sentaban en torno a las mesas de plata maciza o de maderas preciosas incrustadas de marfil y nácar; gastaban en un solo banquete capitales fabulosos; hacían servir a sus mesas los manjares más raros traídos de las más remotas regiones.

En aquel imperio el amo absoluto era el dinero.

Hasta las dignidades se compraban con dinero.

Quien tuviera 400.000 sestercios era caballero.

Quien tuviera un millón era senador.

Los placeres y las dignidades, todo se compraba con dinero.

De ahí el afán de conseguir dinero por todos los procedimientos.

Fuente de dinero eran los cargos públicos que se remuneraban con sumas fabulosas.

De ahí la lucha por conseguir esos cargos públicos. Otros procedimientos de adquirir dinero eran los que en mayor o menor escala han empleado los hombres sin conciencia de todas las edades y de todos los países: la astucia y la violencia.

Vender a precios abusivos lo que se ha comprado a un precio bajo.

Prestar con usura exigiendo una cantidad exageradamente superior a la que se ha prestado. Explotar al pobre artesano, al mercenario y darle lo menos posible por su trabajo.

Explotar a los pueblos sometidos al dominio romano. De allí saldrían los esclavos que constituían una de las fuentes principales de riqueza.

En ese entonces, había que huir de los pobres porque encontrarse con ellos era considerado como mal aguero. Decía el poeta Horacio: Fuera la inmunda pobreza. Y tan odiada era la pobreza que ni en Grecia, ni en Roma había algún asilo para los desamparados o un hospital para los enfermos.

Entonces, ¿Qué pobres comprende esta Bienaventuranza?

Hay ricos y pobres de hecho. Rico de hecho es el que posee en abundancia los bienes materiales. Pobre de hecho es el que carece de estos bienes.

Hay también pobres y ricos de espíritu.

Rico de espíritu, dice San Francisco de Sales, es “el que tiene las riquezas en el espiritu; o el espíritu en las riquezas”.

Puede ser uno pobre de hecho y rico de espíritu, si tiene pegado el corazón a los pocos bienes materiales que posee. Pobre de espíritu, por el contrario, es “el que no tiene el espíritu en las riquezas o las riquezas en el espíritu”.

Un rico de hecho puede ser pobre de espíritu, si no tiene pegado el corazón a los bienes materiales que posee.

Lo explica muy bien el mismo santo: “Es muy diferente veneno o estar envenenado: casi todos los boticarios tienen venenos para hacer de ellos varios usos, sin embargo no están envenenados, porque no tienen el veneno dentro de sus cuerpos, sino dentro de sus boticas: de este modo puedes tú tener riquezas sin estar envenenado con ellas, teniéndolas en tu casa o en tu bolsillo, pero no en tu corazón”.

la lección que daba Jesús era dura para un mundo materializado, por eso no se contentó con enseñar, quiso ir adelante con el ejemplo: dispuso los acontecimientos para nacer como el más pobre de los hombres, en una cueva abandonada. Fue perseguido nada más nacer; y pobre y perseguido tuvo que huir al destierro. Gran parte de su vida la pasó en una aldea insignificante y allí era artesano. Cuando salió a predicar no tenía casa propia ni para pasar la noche y comía de limosna. Las raposas tienen guaridas, las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza.   Y más pobre que su vida, fue su muerte: hasta los vestidos le quitaron. La mortaja y la sepultura la recibió de limosna.
la lección que daba Jesús era dura para un mundo materializado, por eso no se contentó con enseñar, quiso ir adelante con el ejemplo: dispuso los acontecimientos para nacer como el más pobre de los hombres, en una cueva abandonada. Fue perseguido nada más nacer; y pobre y perseguido tuvo que huir al destierro.
Gran parte de su vida la pasó en una aldea insignificante y allí era artesano. Cuando salió a predicar no tenía casa propia ni para pasar la noche y comía de limosna. Las raposas tienen guaridas, las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza.
Y más pobre que su vida, fue su muerte: hasta los vestidos le quitaron. La mortaja y la sepultura la recibió de limosna.

No condena Jesús a los ricos de hecho y pobres de espíritu; al contrario, pero en esta bienaventuranza no se refiere a ellos. Habla de la pobreza efectiva abrazada con el corazón y pacientemente sobrellevada, a éstos Jesús les promete el reino de los cielos, la bienaventuranza eterna. También la lección que daba Jesús era dura para un mundo materializado, por eso no se contentó con enseñar, quiso ir adelante con el ejemplo: dispuso los acontecimientos para nacer como el más pobre de los hombres, en una cueva abandonada. Fue perseguido nada más nacer; y pobre y perseguido tuvo que huir al destierro.

Gran parte de su vida la pasó en una aldea insignificante y allí era artesano. Cuando salió a predicar no tenía casa propia ni para pasar la noche y comía de limosna. Las raposas tienen guaridas, las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza.

Y más pobre que su vida, fue su muerte: hasta los vestidos le quitaron. La mortaja y la sepultura la recibió de limosna.

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