Segundo día de la Novena a Nuestra Señora de Fátima

ORACIÓN PREPARATORIA
(para todos los días)

Oh Nuestra Señora de Fátima, en mi pobreza, en mi destierro, en mis sinsabores, te contemplo como arco iris de esperanza, de paz y de protección.
Sé mi consuelo en la lucha y en los peligros; mi luz en la oscuridad; mi escudo en las batallas contra las pasiones, el mundo y el demonio. Sálvame y salva a todos los pecadores. Así sea.

Día segundo

El Ángel de la Paz se aparece a los tres pastorcitos, se postra de rodillas y pegando la frente al suelo les enseña a orar repitiendo tres veces: “Oh, Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan ni os aman”. Les asegura que si oran “con humildad, confianza y amor reparador, los Corazones de Jesús y María escucharán sus plegarias”.

La segunda vez el Ángel de Portugal (de la patria) se aparece a los tres niños notificándoles que los Corazones de Jesús y María tenían designios de misericordia sobre ellos. “Ofreced, les dice, oraciones y sacrificios en reparación de los pecados y para obtener la conversión de los pecadores. Aceptad con resignación los padecimientos. Así vendrá la paz”. Quiero seguir ese consejo. Ayúdame, oh Madre mía, a ser alma orante y reparadora.

Súplica Final
Oh dulcísima Reina del mundo. Madre de Dios y nuestra, que al aparecerte con rostro dolorido a los tres niños pastorcitos, nos has pedido la fiel observancia de los Mandatos divinos, el rezo cotidiano del rosario, la reparación y la consagración a su Inmaculado Corazón, a fin de conseguir la ansiada paz mundial; impulsado por el filial anhelo de contemplarte, acudo a prometerte la leal correspondencia a tus deseos, y a implorar que protejas al Papa, a los obispos y a los sacerdotes, a los religiosos y demás fieles cristianos. Orienta, bondadosa Reina de la Paz, a los gobernantes, convierte a los pecadores y paganos, consuela a los afligidos y perseguidos. Cura, oh Virgen de las fuentes milagrosas, a los enfermos, asiste a los agonizantes y alivia a las almas del Purgatorio. Te ruego, en fin, oh Blanca y Peregrina Señora del Rosario, por todas mis necesidades… (pida cada uno la gracia que desee alcanzar). Yo, confiado en tu omnipotencia suplicante, me abandono en tus amorosos brazos. Recíbeme, como hijo, en tu maternal regazo, y no me desampares en la vida ni en la muerte.
Así sea.

¡Nuestra Señora de Fátima, Salud de los enfermos; ruega por nosotros!
¡Oh dulce Corazón de María, sé la salvación del alma mía!

*******

Soy todo tuyo María

San Luis María Grignion de Montfort

 

Virgen María, Madre mía
me consagro a tí y confío en tus manos
toda mi existencia.
Acepta mi pasado con todo lo que fue.
Acepta mi presente con todo lo que es.
Acepta mi futuro con todo lo que será.
Con esta total consagración
te confío cuanto tengo y cuanto soy,
todo lo que he recibido de Dios.
Te confío mi inteligencia,
mi voluntad, mi corazón.
Deposito en tus manos mi libertad;
mis ansias y mis temores;
mis esperanzas y mis deseos;
mis tristezas y mis alegrías.
Custodia mi vida y todos mis actos
para que le sea más fiel al Señor
y con tu ayuda alcance la salvación.
Te confío ¡Oh María! mi cuerpo y mis sentidos
para que se conserven puros y
me ayuden en el ejercicio de las virtudes.
Te confío mi alma para que Tú la preserves del mal.
Hazme partícipe de una santidad igual a la tuya:
Hazme conforme a Cristo, ideal de mi vida.
Te confío mi entusiasmo y el ardor de mi juventud,
para que Tú me ayudes a no envejecer en la fe.
Te confío mi capacidad y deseos de amar,
enséñame y ayúdame a amar como Tú has amado
y como Jesús quiere que se ame.
Te confío mis incertidumbres y angustias,
para que en tu corazón yo encuentre seguridad, sostén y luz,
en cada instante de mi vida.
Con esta consagración me comprometo a imitar tu vida.
Acepto las renuncias y sacrificios que esta elección comporta,
y te prometo, con la gracia de Dios
y con tu ayuda, ser fiel al compromiso asumido.
Oh María, soberana de mi vida y de mi conducta
dispón de mí y de todo lo que me pertenece,
para que camine siempre junto al Señor bajo tu mirada de Madre.
¡Oh María! soy todo tuyo y todo lo que poseo te pertenece ahora y siempre.

AménImagen

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